Los británicos negros famosos de la historia

El general Giap y la victoria vietnamita sobre el imperialismo (Febrero de 2014)

2016.06.05 18:59 ShaunaDorothy El general Giap y la victoria vietnamita sobre el imperialismo (Febrero de 2014)

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Espartaco No. 40 Febrero de 2014
Los días 12 y 13 de octubre, cientos de miles de vietnamitas se congregaron en todo el país para despedir al general Vo Nguyen Giap durante dos días de luto nacional. Giap, quien había muerto el día 4 a la edad de 102 años, fue el principal arquitecto de la derrota que dos potencias mundiales sufrieron en Vietnam: primero Francia, que había colonizado el país a mediados del siglo XIX, y después Estados Unidos. Las guerras de Vietnam, que duraron 30 años (1946-75) y costaron cerca de tres millones de vidas, fueron parte de la cruzada imperialista por “revertir el comunismo”, dirigida a restaurar el dominio capitalista en la Unión Soviética y ahogar en sangre las luchas de obreros y campesinos por la liberación nacional y la revolución social en otras partes del mundo.
Tras haber sido profesor de historia y periodista, Giap fue el principal comandante militar del ejército vietnamita que derrotó decisivamente a los franceses en la batalla de Dien Bien Phu de 1954. La victoria del Vietminh (Liga por la Independencia de Vietnam, dirigida por los comunistas de Ho Chi Minh con la participación de algunos nacionalistas burgueses) resultó en la división del país entre un estado obrero burocráticamente deformado en el norte y un régimen capitalista bajo el dominio del imperialismo estadounidense en el sur. Dien Bien Phu dio un tremendo aliento a las luchas independentistas de las colonias que le quedaban a Francia, ayudando en particular a detonar la lucha por la liberación nacional de Argelia, que estalló más tarde ese año.
Estados Unidos sufriría una impactante derrota frente al ejército de Vietnam del Norte y el Frente de Liberación Nacional (FLN, o Viet Cong) de Vietnam del Sur. Esa guerra brutal y aparentemente interminable produciría una situación explosiva en Estados Unidos, corazón del imperialismo mundial, y radicalizaría a toda una generación de jóvenes en el mundo entero. Contemplar a la gigantesca maquinaria militar estadounidense siendo vencida por los obreros y campesinos de un país pobre del Tercer Mundo inspiró a otros pueblos oprimidos a luchar por su propia liberación. Sin embargo, fracasaron numerosos intentos de emular los movimientos guerrilleros basados en el campesinado que sucedieron en China, Vietnam y Cuba, costándole la vida a muchos aspirantes a revolucionarios.
El derrocamiento del dominio capitalista en Vietnam fue una victoria histórica para la clase obrera internacional, cuyo deber es defender esas conquistas con uñas y dientes contra el imperialismo y la contrarrevolución interna. Esto a pesar del gobierno del régimen estalinista que desde el principio ha reprimido políticamente a la clase obrera y se ha opuesto a la lucha por la revolución obrera en el resto del mundo. En cambio, la revolución proletaria de Octubre de 1917 en Rusia, bajo la dirección del Partido Bolchevique, estableció el gobierno de los consejos (soviets) obreros y campesinos, y dos años después fue inaugurada en Moscú la Internacional Comunista (o III Internacional) para promover la lucha por la revolución socialista mundial.
Giap era el ministro de defensa de Vietnam del Norte en 1975, cuando Saigón cayó ante el ejército norvietnamita y el FLN, llevando a la reunificación de Vietnam del Norte y del Sur. Durante años, la derrota del imperialismo estadounidense en Vietnam disuadió a sus gobernantes de proseguir sus sangrientas intenciones en el resto del mundo. Por su destacado papel en la liberación de Vietnam, los trotskistas honramos a Vo Nguyen Giap, cuyos dedicación y genio militar serán recordados en la historia.
El estalinismo y la lucha contra el imperialismo
Vo Nguyen Giap se unió al Partido Comunista Indochino (PCI) de Ho Chi Minh a principios de los años treinta. Por el modo en que construyó desde cero las fuerzas militares del Vietminh y dirigió después el ejército regular de Vietnam del Norte, incluso sus enemigos lo elogiaron como un estratega militar sobresaliente. Famoso sobre todo por Dien Bien Phu, Giap participó en otras batallas clave y se le atribuye la creación de la “Ruta Ho Chi Minh”, la crucial línea de abastecimiento para los combatientes del FLN en el Sur. También organizó la invasión a Camboya de 1979, que derrocó al enloquecido régimen de Pol Pot. Si bien los detalles sobre la vida temprana de Giap son escasos, es claro que pagó un precio personal devastador por su dirigencia de la lucha antiimperialista, pues los franceses mataron a varios de sus familiares más próximos, incluyendo a su esposa.
Sin dejar de reconocer que a Giap se le cuenta con frecuencia entre los grandes líderes militares del siglo XX, el obituario del New York Times del 4 de octubre entonó su supuesta “indiferencia dilapidadora por la vida de sus soldados”, citando la afirmación del criminal de guerra y general William C. Westmoreland de que “cualquier comandante estadounidense que sufriera bajas tan numerosas no duraría ni tres semanas”. Éste es el rencor de los derrotados de Vietnam, los mismos imperialistas que estuvieron dispuestos a causar cualquier cantidad de muertes, destrucción y sufrimiento a quienes lucharan por la liberación nacional y social. El general Giap libró una guerra revolucionaria: los obreros y campesinos que luchaban bajo su mando estaban dispuestos a sacrificarse para liberarse del yugo colonial y de los terratenientes, opresores y explotadores locales. “En última instancia, la victoria en cualquier guerra depende de la disposición de las masas a verter su sangre en el campo de batalla”, escribió alguna vez Giap.
En el más marcado contraste, los efectivos conscriptos estadounidenses, mayormente de procedencia obrera, se hallaban librando una guerra en nombre de sus propios explotadores y opresores. Especialmente conforme se hacía evidente que Estados Unidos estaba perdiendo, empezaron a oponerse cada vez más a sus oficiales y al gobierno. Cuando Muhammad Alí hizo su famosa declaración “Nadie del Viet Cong me ha llamado n----r [brutal epíteto racista]”, daba voz a los sentimientos de un número creciente de soldados, especialmente negros, que sabían que la “libertad” por la que supuestamente estaban luchando en Vietnam se les negaba en casa.
Sin embargo, el papel de Giap fue contradictorio. El programa del PCI y sus continuadores reflejaba la perversión del marxismo que había llevado a cabo la casta burocrática estalinista que dominó políticamente al estado obrero soviético a partir de 1923-24. En el vano intento de aplacar el odio de clase que los imperialistas le tenían a la URSS, el régimen burocrático abandonó el programa bolchevique de la revolución mundial y adoptó el dogma del “socialismo en un solo país”. La Internacional Comunista se fue transformando cada vez más en un instrumento de la burocracia en su búsqueda de la “coexistencia pacífica” con el imperialismo.
En 1935, el frente popular —codificación de la política estalinista de buscar alianzas con las fuerzas burguesas “progresistas”— se convirtió en la práctica sistemática de la III Internacional, lo que la llevó a traicionar oportunidades revolucionarias en todo el mundo. Conforme la Segunda Guerra Mundial se desarrollaba y la URSS enfrentaba la amenaza mortal de la Alemania nazi, esta política significó impulsar las credenciales “democráticas” de un conjunto de explotadores capitalistas y opresores imperialistas (salvo por el breve intervalo que se conoce como el pacto Hitler-Stalin). En nombre del antifascismo, los partidos comunistas de los países militarmente aliados de la URSS se volvieron leales sostenes de los gobiernos capitalistas, respaldando sus objetivos de guerra contra los imperialistas rivales, oponiéndose a las huelgas y demás luchas en casa, así como a la lucha por la independencia de sus “propias” colonias. En Vietnam, eso significó que en esa época el Partido Comunista no desafió el dominio colonial francés.
En la Segunda Guerra Mundial, los trotskistas llamaron a la clase obrera a oponerse a todos los combatientes imperialistas, sin interrumpir la lucha de clases en casa y luchando al mismo tiempo por la defensa militar incondicional de la Unión Soviética. En diversos países coloniales y semicoloniales donde los partidos comunistas repudiaron la lucha por la emancipación nacional, los trotskistas consiguieron en consecuencia una influencia significativa entre el proletariado. Uno de esos países fue Vietnam, y eso puso a los trotskistas en la mira no sólo de los imperialistas, sino también de los estalinistas.
Dien Bien Phu y los Acuerdos de Ginebra
Hacia el final de la Segunda Guerra Mundial, la burocracia del Kremlin entabló una serie de acuerdos con sus aliados militares británicos, estadounidenses y otros, que incluía el control de sus colonias y semicolonias. Vietnam, que había estado ocupado por los japoneses, quedó dividido en dos en el paralelo 16, asignándosele el norte a la China de Chiang Kai-shek y el sur a Gran Bretaña (y posteriormente a Francia). Sin embargo, cuando los japoneses se retiraron, el Vietminh se apoderó del norte y Ho Chi Minh proclamó la República Democrática de Vietnam (RDV). Entonces aceptó la entrada de tropas francesas al norte dentro del marco de una independencia limitada al interior de la “Unión Francesa”. Una vez que el ejército francés entró, se volvió contra el gobierno de Ho Chi Minh. En noviembre de 1946, los franceses bombardearon el puerto de Hai Phong, matando al menos 6 mil vietnamitas.
El Vietminh respondió al ataque de Hai Phong con una amplia contraofensiva, marcando el inicio de lo que sería una prolongada guerra de liberación. Al final de 1953, el comando militar francés decidió fortificar Dien Bien Phu, una pequeña aldea cerca de la frontera con Laos. Su idea era crear una base segura desde la cual hostigar al Vietminh de Giap en las montañas del noroeste. Los franceses construyeron un formidable campamento atrincherado y llevaron ahí 16 mil tropas, entre ellos a la Legión Extranjera, su cuerpo expedicionario de élite. Asumían que los bosques y montañas circundantes imposibilitarían al enemigo el uso de la artillería pesada, que en todo caso sería vulnerable al ataque aéreo.
El Vietminh sólo podía acceder a Dien Bien Phu a través de un estrecho sendero de mulas de 88 kilómetros interrumpido por numerosos arroyos de montaña. En pocos meses, construyeron decenas de puentes pese al constante ataque de la artillería francesa, así como las tormentas e inundaciones. Usando los ríos, arroyos, caminos y senderos, miles de sampanes e innumerables convoyes de mulas y bicicletas transportaron 4.5 millones de toneladas de material. La artillería se transportó por partes por el empinado sendero, para volver a reensamblarse ahí.
Para enero de 1954, 55 mil tropas del Vietminh habían tomado posición en las colinas que dominan la guarnición, y el 13 de marzo el general Giap lanzó el ataque con masivo fuego de artillería. “A todos nos sorprendió...cómo los viets habían conseguido las armas necesarias para producir un ataque de artillería de tanto poder”, escribió uno de los supervivientes. Lo que había sido concebido como un despliegue de poderío colonial se convirtió en una trampa mortal para los franceses. Chapoteando en el lodo y el fango, implacablemente golpeados por la artillería, perdieron 4 mil hombres según algunos cálculos. Tras 55 días de lucha, aplastados y humillados, los franceses se rindieron ante los vietnamitas, terminando con casi un siglo de dominación francesa en Indochina.
Con los imperialistas occidentales buscando un compromiso, ese año se celebró en Ginebra una conferencia en la que participaron la Unión Soviética, Estados Unidos, Francia, Gran Bretaña y China, donde en 1949 había sido aplastado el dominio capitalista. Al iniciar la conferencia, los comunistas controlaban la mayor parte de Vietnam, Camboya y Laos. Al terminar el evento, sin embargo, Vietnam quedó dividido en el paralelo 17 y sólo se quedaron con Vietnam del Norte. Como escribió un funcionario estadounidense: “Irónicamente, el acuerdo que se redactó en Ginebra beneficiaba a todos, excepto a los vencedores... De algún modo convencieron a Ho Chi Minh —aparentemente mediante un esfuerzo conjunto sino-soviético— de que cediera la mitad del país, con la esperanza de que obtendría la otra mitad en cuanto se celebraran elecciones”. Como se pensaba que el 80 por ciento de la población de Vietnam del Sur favorecía la independencia, los imperialistas se encargaron de que esas elecciones nunca se celebraran. En el Norte, sin embargo, se expropió a los capitalistas y se introdujo una economía colectivizada, si bien a la clase obrera se le negó el poder político.
La Conferencia de Ginebra fue una de las muchas instancias en las que el Vietminh, y después la RDV/FLN, renunciaron a la inminente victoria en la mesa de negociaciones a petición de Stalin y sus sucesores y de los estalinistas chinos de Mao Zedong. Sin embargo, si bien los norvietnamitas se conformaron con el “socialismo” en medio país, la implacable persecución de sus camaradas en el Sur no se detuvo, especialmente bajo el régimen de Ngo Dinh Diem. En 1956, los estalinistas empezaron a apoyar realmente la lucha de resistencia en Vietnam del Sur.
Si bien para los burócratas de Moscú y Beijing era fácil vender una revolución ajena, para los estalinistas de Hanoi una traición total hubiera significado cortarse sus propias gargantas. La perspectiva política de los estalinistas era una alianza con los capitalistas nativos, pero esa clase resultó ser demasiado débil como para compartir el poder. Bajo el ataque del imperialismo y con su propia burguesía rechazando todos los ofrecimientos de una coalición, se vieron forzados a apoyarse en los obreros y los campesinos, aceptando a veces llevar a cabo medidas revolucionarias. Así, la guerra vietnamita planteó desde el principio una revolución social, con los obreros y campesinos de un lado y los burgueses locales y los imperialistas del otro.
Estados Unidos es expulsado
Tras la partida de Francia, Estados Unidos se hizo cargo de la campaña por aplastar la Revolución Vietnamita. Cuando el FLN reinició su lucha de resistencia, el presidente John F. Kennedy recurrió a las operaciones encubiertas, enviando a fuerzas de operaciones especiales (50 mil “asesores”) a Vietnam del Sur. La CIA inició el programa Fénix de infiltración, tortura y asesinatos.
Con la esperanza de forzar a Vietnam del Norte a que contuviera al FLN, en febrero de 1965 el gobierno de Lyndon B. Johnson lanzó una guerra a gran escala. Washington desató sobre Vietnam del Norte una inmensa campaña de bombardeos que duró tres años, mientras aumentaba masivamente el número de tropas en el Sur. En el punto culminante de la guerra, Estados Unidos tenía medio millón de efectivos combatiendo en Vietnam y otros 300 mil en las áreas circundantes. A lo largo de la guerra, el tonelaje de bombas que arrojó Estados Unidos superó al de todos los contendientes de la Segunda Guerra Mundial juntos. En total, Estados Unidos mató al menos a dos millones de vietnamitas, hiriendo y mutilando a varios millones más y devastando la mayor parte del campo.
Para quebrar la voluntad del gobierno estadounidense de proseguir la lucha, el 31 de enero de 1968 los norvietnamitas y el FLN lanzaron la Ofensiva de Tet, una serie de feroces ataques coordinados con la participación de cerca de 80 mil hombres y mujeres en más de 100 ciudades y pueblos de Vietnam del Sur. Aunque Estados Unidos y sus títeres sudvietnamitas lograron resistir los ataques, Tet demostró la determinación de los combatientes de la RDV y el FLN y aceleró la desmoralización de sus enemigos.
Conforme quedaba claro que la de Vietnam era una guerra perdida, Estados Unidos empezó a buscar negociaciones. En 1973 se firmaron en París unos acuerdos de paz que terminaban la participación directa de Estados Unidos en la guerra pero que dejaban a Vietnam del Sur bajo el dominio de los imperialistas. El programa formal de los estalinistas para el Sur seguía siendo el de un gobierno de coalición con fuerzas burguesas. Sin embargo, a diferencia de lo que pasó con el servilismo de 1954, numerosas tropas de la RDV y el FLN se quedaron en el Sur, y la guerra civil continuó por dos años más. Finalmente, a principios de 1975 el gobierno de Vietnam del Norte emprendió la “Gran Ofensiva de Primavera” para liberar el Sur. Giap supervisó el último empujón sobre Saigón y el 30 de abril los tanques de la RDV y el FLN entraron triunfalmente en la capital sudvietnamita. Los líderes del régimen títere derrotado y la burguesía sudvietnamita abandonaron el país como pudieron, y los estadounidenses que quedaban fueron evacuados del país en helicópteros.
Estalinismo y trotskismo en Vietnam
Como señalamos arriba, al final de la Segunda Guerra Mundial los acuerdos entre los imperialistas aliados y la burocracia del Kremlin le concedían Vietnam del Sur a Francia. Pero la reimposición del dominio colonial se topó con la oposición de los trotskistas, que habían adquirido una base de masas entre la clase obrera, así como de diversos nacionalistas. Cuando los británicos y los franceses reocuparon Saigón en septiembre de 1945, estalló una insurrección. Surgieron comités populares, particularmente en las proximidades de Saigón, y los campesinos se levantaron y quemaron las casas de campo de los grandes terratenientes. Los trotskistas llamaron a que los comités populares tomaran el poder, por el armamento del pueblo y por la nacionalización de la industria bajo control obrero. (Para más sobre esto, ver el folleto espartaquista de 1976, Stalinism and Trotskyism in Vietnam.)
Ese programa amenazaba el objetivo estalinista de acomodarse a la burguesía. Como declaró Nguyen Van Tao, quien entonces era el ministro del interior del Vietminh para el Sur: “Quien quiera que aliente a los campesinos a tomar las propiedades agrarias será severa e implacablemente castigado... No hemos llevado a cabo aún una revolución comunista, que resolverá el problema agrario. Éste es un gobierno meramente democrático y por lo tanto no puede enfrentar esa tarea”.
El más conocido de los líderes trotskistas, Ta Thu Thau, fue arrestado por órdenes del Vietminh. Tres veces fue juzgado por tribunales populares y las tres veces fue absuelto. Finalmente fue fusilado por orden del líder estalinista del Sur, Tran Van Giau. Cuando los franceses reinvadieron el Sur en octubre de 1945, los estalinistas se hicieron a un lado, concentrando su fuego en los trotskistas, cuyos líderes fueron asesinados sin excepción. Al poco tiempo, los aliados obligaron al Vietminh a abandonar Saigón. Una vez que Ho Chi Minh, con ayuda de Giap, entonces ministro del interior del Norte, hubo exterminado físicamente a la dirigencia trotskista, capituló a los aliados en el Norte.
En ese conflicto, el Partido Comunista Francés, que controlaba varios puestos ministeriales en el gobierno capitalista en París, ilustró los extremos a los que los estalinistas estaban dispuestos a llegar en su intento de congraciarse con la burguesía. Mientras Ho Chi Minh disolvía al Partido Comunista Indochino y accedía a que las tropas francesas entraran al Norte, ¡sus camaradas franceses se ocupaban de explicar por qué el derecho a la autodeterminación no aplicaba a Vietnam y votaban a favor de los créditos de guerra para financiar la fuerza expedicionaria francesa! El 20 de diciembre de 1946, a un mes del bombardeo de Hai Phong por los franceses, los diputados comunistas de la asamblea francesa votaron por enviarle felicitaciones a los cuerpos expedicionarios y a su verdugo en jefe, el general Leclerc.
Los comunistas vietnamitas quedaron atrapados entre su programa de buscar compartir el poder con la burguesía —de acuerdo al esquema estalinista de la “revolución por etapas”— y las necesidades de su propia supervivencia, que en última instancia exigía luchar hasta el fin contra los imperialistas y la burguesía nacional. Como explicó León Trotsky al desarrollar la teoría de la revolución permanente, en la época del imperialismo, las débiles burguesías de los países capitalistas atrasados, íntimamente asociadas al imperialismo y mortalmente temerosas de las masas obreras y campesinas, son incapaces de llevar a cabo las tareas democráticas de la liberación nacional y la revolución agraria. Esas tareas sólo pueden lograrse aplastando el dominio burgués y estableciendo una dictadura proletaria apoyada en el campesinado pobre.
Pese a su programa oficial, los estalinistas vietnamitas, como las fuerzas de Mao en China, se vieron obligados a tomar el poder en su propio nombre y, ya fuese inmediatamente o a corto plazo, romper el podrido dominio burgués. El que esos movimientos guerrilleros pequeñoburgueses pudieran llevar a cabo revoluciones sociales estuvo condicionado por circunstancias históricas altamente excepcionales, que incluían la extrema debilidad de la burguesía local, la ausencia de la clase obrera como contendiente por el poder y el contrapeso al imperialismo que significaba la Unión Soviética. Contra los supuestos trotskistas y demás izquierdistas que veían en los movimientos guerrilleros un sustituto de la movilización del proletariado en la lucha revolucionaria, la Spartacist League siempre ha insistido en que lo máximo que estas fuerzas pueden lograr, en condiciones extraordinariamente favorables, es la creación de estados obreros deformados.
Como escribimos al celebrar la derrota del imperialismo en Indochina (“Capitalist Class Rule Smashed in Vietnam, Cambodia!” [¡El dominio de la clase capitalista es aplastado en Vietnam, Camboya!] WV No. 68, 9 de mayo de 1975):
“Ya que su dominio está basado en la expropiación política de la clase obrera, estas castas burocráticas pequeñoburguesas son incapaces de movilizar a las masas proletarias en un asalto revolucionario internacional a los bastiones del capitalismo mundial, pues ello significaría su propia muerte”.
Los regímenes nacionalistas estalinistas desde La Habana hasta Hanoi y Beijing deben ser derrocados por revoluciones políticas obreras dirigidas por partidos trotskistas para abrirle paso al desarrollo socialista.
Estados Unidos: La guerra llega a casa
A lo largo de toda la guerra estadounidense en Vietnam y las masivas protestas antibélicas, la Spartacist League llamó por la defensa incondicional de Vietnam del Norte y por la victoria militar del FLN en el Sur, sin darle ningún apoyo político a la dirección estalinista. Nuestra consigna “¡Victoria a la Revolución Vietnamita!” expresaba nuestra comprensión de la naturaleza de clase de la guerra. Si bien nuestras consignas resultaban atractivas para muchos jóvenes en esa época de desplazamiento a la izquierda, tuvimos que nadar contra la corriente, combatiendo ideologías falsas populares entre los activistas más radicales, particularmente el maoísmo y la adulación a Ho Chi Minh. Nos opusimos a que las manifestaciones contra la guerra se convirtieran en plataformas de políticos burgueses, enfatizando que la guerra imperialista es inherente al sistema capitalista y sólo puede combatirse eficazmente sobre la base de un programa socialista y revolucionario.
En nuestros primeros artículos, criticamos a los regímenes burocráticos de la URSS y China por lo inadecuado de su apoyo militar a los vietnamitas y exigimos: “¡El escudo nuclear soviético debe cubrir a China y Vietnam del Norte!”. Denunciamos la escisión sino-soviética —un pleito animado por la competencia de los intereses nacionales de los dos regímenes— y llamamos a la unidad comunista contra el imperialismo. En respuesta a la invasión estadounidense de Camboya en 1970, la Spartacist League lanzó la consigna “¡Toda Indochina debe hacerse comunista!”.
El ejército estadounidense hervía en descontento, y en el país la guerra se volvía cada vez más impopular, y con ella su justificación en la Guerra Fría, sus costos económicos y las mentiras del gobierno. Aunque la burocracia sindical de la AFL-CIO dirigida por George Meany siguió siendo hasta el final un bastión de apoyo del gobierno, la guerra era mayormente impopular entre los trabajadores, tanto más cuanto se hacía evidente que era un atolladero interminable. Los estudiantes se radicalizaban conforme el gobierno demócrata de Johnson escalaba la participación militar. Muchos activistas rompieron con la dirección oficial del movimiento contra la guerra, que ostentaban los pacifistas liberales y los reformistas como el Partido Comunista (PC) y el Socialist Workers Party (SWP, Partido Obrero Socialista), que le hacían servilmente el trabajo a las “palomas” del Partido Demócrata predicando la necesidad de una salida negociada que salvara el prestigio de Estados Unidos.
El movimiento contra la guerra de Vietnam se alzó en la secuela inmediata de las luchas masivas y populares de los Derechos Civiles, que hicieron mella en el petulante clima político del anticomunismo de los años 50. Para finales de los años sesenta, las protestas contra la guerra coincidieron con un aumento en las huelgas y las explosiones de rabia en los guetos urbanos contra la brutalidad policiaca, la segregación y la pobreza. Pese al elitismo pequeñoburgués de los estudiantes y a los mejores esfuerzos de los racistas combatientes de la Guerra Fría de la AFL-CIO, los soldados y los obreros jóvenes estaban abiertos a los argumentos radicales.
Un volante espartaquista ampliamente distribuido en una de las masivas marchas a Washington (“From Protest to Power” [De la protesta a la toma del poder], 21 de octubre de 1967) señalaba que “el movimiento contra la guerra podría forzar a Johnson a retirar las tropas estadounidenses sólo si le provoca más miedo que la victoria de la Revolución Vietnamita. Ninguna manifestación, por efectiva y combativa que sea, podrá lograr eso. Sólo podrá lograrlo un movimiento capaz de tomar el poder. El movimiento contra la guerra no tiene futuro salvo como una fuerza para la construcción de un partido de cambio revolucionario”. El volante llamaba a los activistas a romper con el medio estudiantil y a orientarse al proletariado. Eso hubiera significado dejar de construir apoyo para los políticos capitalistas rompehuelgas “antiguerra” y los líderes negros vendidos como Martin Luther King, que apoyó la represión de los levantamientos de los guetos.
La Spartacist League se opuso a la resistencia a la conscripción y a las exenciones de los universitarios, un ejemplo del privilegio de clase que además impedía a los estudiantes opuestos a la guerra impactar las opiniones de los conscriptos de origen obrero. Llamamos a movilizar un paro general de un día contra la guerra y por un partido obrero construido mediante la vinculación del descontento con la guerra, el aumento de la combatividad sindical y lo explosivo de los guetos, fijando el curso hacia la lucha contra el sistema capitalista en su conjunto. La Spartacist League consiguió una audiencia para estas posiciones y reclutó sustancialmente del movimiento contra la guerra y la Nueva Izquierda. Sin embargo, los líderes oficiales y favorables al Partido Demócrata (con la ayuda del PC y el SWP) conservaron dentro del marco de la política socialpatriota y proimperialista a la mayoría de quienes odiaban la guerra.
El ala más previsora de la clase dominante se volvió derrotista desde su propio punto de vista de clase: dejaron de creer que Estados Unidos pudiera triunfar en Vietnam y empezaron a alarmarse cada vez más ante las consecuencias sociales de la guerra. Temían especialmente que el ejército fuera destruido como una fuerza de combate eficaz, repleto de drogadicción y soldados rasos más hostiles a sus oficiales que al “enemigo”. En el origen de este derrotismo burgués sobre Vietnam estuvieron los sucesos de Indonesia de 1965, cuando el régimen “progresista” de Sukarno fue derrocado por un golpe de estado reaccionario auspiciado por la CIA. El golpe dio lugar a la masacre de más de un millón de comunistas, obreros, campesinos y miembros de la etnia china. Al ser totalmente destruido el partido comunista más numeroso del mundo capitalista, los elementos de la clase dominante estadounidense pudieron hablar más fácilmente de cortar por lo sano en Vietnam.
¡Vietnam fue una victoria!
Durante muchos años, quienes se describían a sí mismos como socialistas y los exradicales nostálgicos de las grandes manifestaciones de la época de la guerra de Vietnam promovieron el mito de que el movimiento antibélico terminó la guerra. Pero fue el heroísmo y la tenacidad de los vietnamitas en el campo de batalla lo que quebró la voluntad de los imperialistas y los expulsó del país.
El Vietnam actual, un país que aún muestra las cicatrices de los implacables bombardeos y la deforestación devastadora, sigue siendo exprimido por las economías, mucho más poderosas, de los imperialistas, así como por su inmenso poderío militar. El reacercamiento diplomático de los estalinistas vietnamitas con Estados Unidos durante la última década refleja el aislamiento que sufre el país desde la destrucción contrarrevolucionaria de la Unión Soviética, la continua presión de la pobreza y la antipatía nacionalista que enfrentan mutuamente a las burocracias de Beijing y Hanoi (ver: “Sacudiendo las aguas del Mar de China Meridional—El imperialismo estadounidense aprieta el cerco militar en torno a China”, Espartaco No. 36, septiembre de 2012). El régimen estalinista también ha estimulado la desigualdad económica creciente que resulta de su versión del “socialismo de mercado”.
Sigue siendo un deber de los revolucionarios en las entrañas del monstruo imperialista defender incondicionalmente a Vietnam y los demás estados obreros deformados que quedan —China, Cuba, Corea del Norte y Laos— contra el imperialismo y las fuerzas contrarrevolucionarias internas. La lucha por revoluciones políticas que barran los regímenes estalinistas de esos países es inseparable de la lucha por movilizar al proletariado para derrocar el dominio capitalista en Norteamérica, Japón y Europa Occidental, el prerrequisito para construir una sociedad socialista de abundancia material. Esto requiere la construcción de partidos revolucionarios leninistas-trotskistas.
Cuando Estados Unidos lanzó sus ataques aéreos sobre Vietnam del Norte el 7 de febrero de 1965, le enviamos un telegrama a Ho Chi Minh que decía: “Spartacist en plena solidaridad con la defensa de su país ante ataque del imperialismo estadounidense. Lucha heroica de trabajadores vietnamitas impulsa revolución estadounidense”. Cuando los obreros de este país le arrebaten el poder a los asesinos gobernantes del capitalismo decadente, con seguridad derribarán los monumentos a los criminales de guerra imperialistas (y a los generales confederados) y erigirán en su lugar monumentos a Vo Nguyen Giap y otros que lucharon para librar a este planeta de la opresión y la explotación.
http://www.icl-fi.org/espanol/eo/40/giap.html
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2016.06.05 09:24 ShaunaDorothy EE.UU. - La intervención en México: Preludio a la Guerra Civil - ¡Terminar la Guerra Civil! ¡Por la liberación de los negros mediante la revolución socialista! (Junio de 2013)

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Espartaco No. 38 Junio de 2013
A continuación imprimimos, editada para publicación, la segunda parte de una presentación de Jacob Zorn de la Spartacist League/U.S. (sección de la Liga Comunista Internacional) en un foro en la ciudad de Nueva York del 28 de febrero de 2009. La primera parte fue publicada en Espartaco No. 37 (febrero de 2013).
¿Por qué EE.UU. invadió México? Como marxistas, entendemos que hubo intereses de clase en juego; la principal clase que incitaba a la guerra fue la esclavocracia. Como el veterano trotskista estadounidense Richard S. Fraser afirmó: “La guerra se libró no sólo por la conquista en general, pero sobre todo para extender la esclavitud y el poder político del sistema esclavista”. El objetivo del poder esclavista de extender la esclavitud a través de la conquista de México no era un secreto. Un periódico de Georgia declaró que tomar territorio de México podría “asegurar el equilibrio de poder para el Sur en la Confederación [es decir, en Estados Unidos], y, para el tiempo venidero...darle el control en las operaciones del gobierno” (citado en Battle Cry of Freedom: The Civil War Era [Grito de batalla de la libertad: La era de la Guerra Civil] de James McPherson [1988]). En sus Memorias Personales, Ulysses S. Grant reconoció que la anexión de Texas fue “desde la concepción del movimiento hasta su consumación definitiva, una conspiración para adquirir territorio a partir del cual se formarían estados esclavistas para la Unión Americana”.
La invasión fue muy impopular entre los norteños, que la apodaron “la guerra del Sr. Polk”, refiriéndose al entonces presidente James Polk, un demócrata sureño. William Lloyd Garrison, uno de los principales abolicionistas del momento, sostuvo en el Liberator: “Sólo esperamos que, si se ha tenido que derramar sangre, haya sido la de los estadounidenses, y que las próximas noticias que oigamos sean que el general Scott y su ejército están en manos de los mexicanos”. En 1846, Frederick Douglass denunció la anexión de Texas como “una conspiración de principio a fin —una de las más profundas y más hábilmente fraguadas— con el fin de defender y sostener uno de los crímenes más oscuros y viles cometidos por el hombre” (Belfast News Letter, 6 de enero de 1846).
La guerra fue un catalizador. Hizo que los propietarios de esclavos del Sur y los capitalistas del Norte se volvieran cada vez menos compatibles. Dejó claro, como lo afirmó Abraham Lincoln en un famoso discurso de 1858, que “este gobierno no puede tolerar permanentemente ser mitad esclavista y mitad libre”. Muchos norteños se sintieron traicionados por el compromiso de 1846 sobre Oregón entre Polk y Gran Bretaña —que declinaba los reclamos estadounidenses por gran parte de Canadá y estableció la actual frontera entre ambos países— y se opusieron a la invasión de México. Lincoln, en ese momento recién elegido congresista de Illinois por el Partido Whig, denunció al presidente Polk como mentiroso por declarar que se había asesinado a estadounidenses en suelo propio. Lincoln era representante de una sección creciente de la burguesía norteña que, aunque estaba dispuesta a tolerar la continua existencia de la esclavitud en el Sur, se oponía a su extensión y quería limitar la expansión del poder esclavista. Antes de la invasión, norteños de ambos partidos se habían mostrado dispuestos a aceptar el predominio de la esclavocracia; a raíz de la invasión, ambos partidos se fueron dividiendo cada vez más entre sus secciones norteñas y sureñas. El expresidente demócrata Martin Van Buren de Nueva York se opuso a la anexión de Texas y a la extensión de la esclavitud; rompió con los demócratas, y con el tiempo fue candidato para presidente por el Partido Tierra Libre [Free Soil] en 1848.
David Wilmot, un congresista demócrata por Pensilvania, expresó esta hostilidad cuando añadió una cláusula al proyecto de ley referente a los créditos para la invasión de 1846 que prohibía la esclavitud en cualquier territorio arrebatado a México. La Cámara de Representantes aprobó esta disposición tanto en 1846 como en 1847, pero el Senado votó en contra en ambos años pues el Sur lo dominaba. La condición Wilmot muestra que las contradicciones entre el sistema esclavista del Sur y el sistema capitalista del Norte ya no podían convivir en el mismo país. Esto no significó que diversos representantes de ambas partes no intentaran más compromisos, pero esos intentos fueron cada vez más infructuosos.
El fin de la guerra
En 1848, con las tropas estadounidenses ocupando la mayor parte del país, incluida la capital, México firmó un tratado de paz con EE.UU. —el Tratado de Guadalupe Hidalgo—. El tratado estableció la frontera en el Río Bravo [Río Grande], cediendo a EE.UU. casi la mitad de México; a cambio, EE.UU. aceptó pagar 15 millones de dólares y se comprometió a evitar que los indios que vivían en territorio estadounidense atacaran México. Aun así, muchos expansionistas sureños se quejaron de que EE.UU. no obtuvo suficiente: muchos propietarios de esclavos querían que su “imperio para la esclavitud” se extendiera a través de todo México hacia Centroamérica, el Caribe y quizás incluso hasta Brasil.
Poco después de la guerra, con el descubrimiento de oro, miles de inmigrantes se asentaron en California. Hay un libro muy interesante que salió hace poco llamado The California Gold Rush and the Coming of the Civil War [La fiebre del oro en California y el arribo de la Guerra Civil] (2007) de Leonard Richards, que muestra cómo muchos sureños querían extender la esclavitud a California. En 1854, EE.UU. compró La Mesilla —actualmente al sur de Arizona y al suroeste de Nuevo México— con el fin de construir un ferrocarril que atravesara ese territorio hacia California. En EE.UU. esto se conoce como la Compra Gadsden, en referencia a James Gadsden, quien fue el enviado estadounidense para negociar con Santa Anna sobre esta cuestión. Esto se suele recordar porque Gadsden era un ejecutivo de ferrocarriles que se benefició personalmente de la Compra Gadsden. También se le podría llamar la compra Gadsden-Davis, pues el secretario de guerra Jefferson Davis apoyó este proyecto de ferrocarril como una forma de conectar California al Sur y así ampliar el poder de la esclavocracia hacia el suroeste. Davis, que también luchó en el ejército de EE.UU. durante la intervención en México, por supuesto, se convirtió en el líder de la Confederación durante la Guerra Civil.
Los sureños no renunciaron a su deseo de expandirse hacia el sur. Una década después de la invasión de México, un líder del Sur sostuvo: “Quiero Cuba. Quiero Tamaulipas, [San Luis] Potosí, y uno o dos estados mexicanos más; y los quiero a todos por la misma razón: para fundar o propagar la esclavitud”. Luego estaban los llamados filibusteros, estadounidenses respaldados por el Sur que trataban de establecer gobiernos favorables a la esclavitud, que invadieron distintos lugares en el norte de México, Centroamérica y el Caribe. Uno de los más famosos fue el Dr. William Walker, quien incluso se hizo brevemente presidente de Nicaragua en 1856. Una de las cosas que hizo allí fue intentar restablecer la esclavitud. EE.UU. también intentó, sin éxito, comprarle Cuba a España. En Cuba aún se practicaba la esclavitud en las plantaciones. En 1898, consecuentemente, EE.UU. luchó una guerra contra España para quitarle Cuba junto con Puerto Rico y las Filipinas; para ese entonces, aunque la esclavitud ya había sido abolida, EE.UU. consiguió exportar a estos países la segregación tipo Jim Crow.
A pesar de que el Tratado de Guadalupe Hidalgo otorgaba la ciudadanía estadounidense después de un año a los mexicanos en el nuevo territorio de EE.UU., estos mexicanos enfrentaron discriminación racista. Muchos mexicanos propietarios de tierras fueron despojados de sus posesiones al norte del Río Bravo. Los mexicanos también fueron objeto de ataques racistas por los sheriffs, los Texas Rangers y vigilantes armados. Entre 1848 y 1928, por lo menos 597 mexicanos fueron linchados por turbas en EE.UU. Los indígenas que vivían en ese territorio también sufrieron ataques genocidas, tal y como sucedía en el lado mexicano.
Para México, la pérdida de gran parte de su territorio nacional agudizó su inestabilidad. Aunque sería demasiado simplista decir que la invasión de México en 1846 condujo a la posterior dominación imperialista de EE.UU. sobre el país, sí desempeñó un papel importante en el retraso del desarrollo en México. En el último cuarto del siglo XIX, cuando México estaba bajo la sangrienta dictadura de Porfirio Díaz, los capitalistas estadounidenses poseían gran parte de la riqueza de México y mantuvieron al país sometido para enriquecer al imperialismo estadounidense.
Los marxistas y la invasión de México
Cuando estábamos diseñando el volante para anunciar este foro, sugerí el título “La invasión estadounidense de México: Un análisis marxista”. Afortunadamente no lo escogimos, pero en realidad es una cuestión mucho más complicada de lo que parece. Como marxistas en EE.UU., la Spartacist League/U.S. se opone a la expansión depredadora de Estados Unidos. Sin embargo, en un sentido marxista, Estados Unidos no era imperialista en 1846. El imperialismo no sólo significa un país grande apropiándose del territorio de un país pequeño, sino más bien es, como explicó Lenin, la última fase del capitalismo, una época de guerras y revoluciones en la que la economía mundial entra en colisión violenta contra las barreras impuestas por el estado-nación capitalista. En 1846, EE.UU. aún era una economía capitalista en desarrollo y la burguesía estadounidense era aún, objetivamente hablando, una clase progresista: su tarea de destruir la esclavitud aún estaba pendiente.
Hoy, desde luego, Estados Unidos es el país imperialista más poderoso y no hay nada progresista con respecto a la burguesía estadounidense. Mantiene a México y a Latinoamérica subyugados a través de acuerdos comerciales como el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) y, si es necesario, mediante fuerzas militares. Como escribimos en la declaración programática de la SL/U.S., “For Socialist Revolution in the Bastion of World Imperialism!” [¡Por la revolución socialista en el bastión del imperialismo mundial!]:
“Un gobierno obrero en EE.UU. también devolvería a México determinadas regiones fronterizas del suroeste, donde el habla hispana es predominante, que fueron arrebatadas a México. Este gesto internacionalista debilitaría eficazmente el nacionalismo antiyanqui que las clases dominantes de América Latina utilizan para atar a los obreros y sería de gran valor en la extensión del apoyo a la revolución proletaria en toda América Latina”.
A pesar de que les molesta la dominación de EE.UU., los capitalistas mexicanos y de otros países de América Latina tienen aún más temor a su propia clase obrera. Utilizan la Intervención Estadounidense, como se le llama, junto con la continua opresión de EE.UU. a México, para difundir la mentira de que los obreros y los capitalistas mexicanos tienen un interés común. La burguesía mexicana también procura oscurecer el hecho de que la estadounidense es una sociedad dividida en clases y que los obreros estadounidenses son los hermanos de clase —y cada vez más los verdaderos hermanos— de los trabajadores mexicanos. Poner fin a la subyugación imperialista de América Latina —y el resto del mundo semicolonial— requiere que la clase obrera en EE.UU. tome el poder como parte de revoluciones socialistas en toda América. Y los obreros estadounidenses también deben luchar por plenos derechos de ciudadanía para todos los inmigrantes y contra el imperialismo estadounidense en América Latina y el resto del mundo. Por esto nos oponemos al TLCAN, la rapiña de “libre comercio” contra México —no por razones proteccionistas, sino porque ha significado miseria para los trabajadores y campesinos mexicanos—. Y la oposición al racismo antiinmigrante en EE.UU. está directamente relacionada con la lucha contra la opresión de los negros, como lo muestra la historia de la invasión estadounidense a México.
En México, los nacionalistas que tratan de desacreditar el socialismo a veces denuncian a Marx y Engels por haber apoyado la invasión estadounidense. Y en todo el Tercer Mundo, a veces también se les llama “racistas”. En 1848, Engels escribió acerca de la guerra:
“En América hemos presenciado la conquista de México, la que nos ha complacido. Constituye un progreso, también, que un país ocupado hasta el presente exclusivamente de sí mismo, desgarrado por perpetuas guerras civiles e impedido de todo desarrollo, un país que en el mejor de los casos estaba a punto de caer en el vasallaje industrial de Inglaterra, que un país semejante sea lanzado por la violencia al movimiento histórico. Es en interés de su propio desarrollo que México estará en el futuro bajo la tutela de los Estados Unidos. Es en interés del desarrollo de toda América que los Estados Unidos, mediante la ocupación de California, obtienen el predominio sobre el Océano Pacífico. ¿Pero quién, volvemos a interrogar, saldrá ganancioso, por de pronto, de la guerra? Sólo la burguesía”.
Algunos años después, en 1854, Marx le escribió a Engels sobre la guerra, llamándola “una digna obertura para la historia bélica de la gran Yanquilandia”. Varios días después, en otra carta, elogió el “sentido de independencia y capacidad individual Yanqui” y criticó a los mexicanos: “Los españoles están completamente degenerados. Pero, con todo, un español degenerado, un mexicano, constituye un ideal”.
Bueno, esto es lo que se usa en contra de Marx y Engels. Y Marx y Engels estaban equivocados —pero no porque se pusieran a favor del imperialismo de EE.UU. o porque fueran racistas—. El periodo de la invasión de México se dio muy temprano en el desarrollo del marxismo, antes de que se publicara el Manifiesto Comunista. El capitalismo industrial aún estaba en proceso de desarrollo y Marx creía que necesitaba desarrollarse plenamente para hacer posible la revolución proletaria. El capitalismo era una fuerza progresista en ese momento, y Marx y Engels creían que uno de sus elementos más progresistas era la creación de una nación con una clase obrera unificada. Como resultado, Marx y Engels se opusieron a la libre determinación de las naciones pequeñas: ellos pensaban que esos pueblos deberían ser asimilados por las naciones más grandes. Ambos escribieron principalmente sobre los pueblos eslavos de Europa Central y Oriental, pero también lo extendieron a México. Bajo este punto de vista, la expansión del capitalismo a escala mundial no sólo beneficiaría a los países capitalistas desarrollados, sino también a los países atrasados. Como escribieron en el Manifiesto Comunista de 1848: “La burguesía, con el rápido perfeccionamiento de todos los medios de producción, con las facilidades increíbles de su red de comunicaciones, lleva la civilización hasta a las naciones más salvajes”.
El entendimiento empírico de Marx y Engels sobre la invasión estadounidense de México estaba equivocado, pero sus premisas teóricas no lo estaban. Ellas se derivaban de una experiencia clave en la historia europea moderna que, de hecho, afectó a la familia de Marx: la ocupación napoleónica de Alemania entre 1806 y 1813. Adonde iba, llevando consigo los logros de la Revolución Francesa, Napoleón abolía las relaciones de propiedad feudales remanentes y establecía la igualdad formal ante la ley para todas las clases sociales. En Alemania, estas reformas liberales, incluyendo la emancipación de los judíos, proporcionaron un mayor impulso a los inicios del capitalismo industrial. Es decir, los logros de la revolución democrática burguesa llegaron al oeste y al sur de Alemania, gran parte de Italia e incluso al norte de los Balcanes, no por medio de una revolución nativa, sino a través de una conquista desde fuera. En muchos casos encontró resistencia reaccionaria bajo el nombre de la independencia nacional; así que para los intelectuales alemanes de la generación de Marx, una línea divisoria importante entre la izquierda y la derecha era la actitud retrospectiva frente a estas llamadas “guerras de liberación”, que en los estados alemanes fueron lideradas por la monarquía prusiana contra la ocupación napoleónica. El principio teórico de Marx y Engels de que el progreso social y económico está por encima de la independencia nacional, cuando ambas entran en conflicto, era correcto. Yo argumentaría que la posición de Marx y Engels sobre la ocupación de Napoleón fue una precursora teórica de nuestra posición de apoyo a la intervención militar de la Unión Soviética, un estado obrero degenerado, en Afganistán (que, en realidad, no es una nación) en 1979.
Marx y Engels no estaban ciegos ni eran indiferentes a los crímenes monumentales cometidos por las potencias occidentales en contra de los pueblos de Asia, África y América. Pero vieron esos crímenes como el alto costo histórico de la modernización de esas regiones atrasadas. Y como ya he mencionado, en el siglo XIX México era un desastre sin mucha esperanza de una revolución proletaria, y el “tutelaje” estadounidense, como lo puso Engels, parecía el único posible camino a seguir. En 1853, en un artículo llamado “Futuros resultados de la dominación británica en la India”, Marx y Engels escribieron:
“Inglaterra tiene que cumplir en la India una doble misión, destructora por un lado y regeneradora por otro. Tiene que destruir la vieja sociedad asiática y sentar las bases materiales de la sociedad occidental en Asia”.
Pero esta proyección no fue corroborada por el curso del desarrollo real. De hecho, a pesar de que los capitalistas introdujeron algunos elementos de tecnología industrial moderna en sus colonias y semicolonias, como el transporte por ejemplo, el efecto general fue detener el desarrollo social y económico de los países atrasados. Para mediados del siglo XIX, las burguesías europeas dejaron de ser una clase históricamente progresista frente a las viejas aristocracias derivadas del feudalismo —siendo el punto crítico la derrota de las revoluciones europeas de 1848—.
Marx y Engels generalizaron las experiencias por las que pasó Europa durante el período de las guerras napoleónicas. En el prefacio a la primera edición alemana de El capital de 1867, Marx escribió: “El país más desarrollado en el plano industrial no hace más que mostrar a los que lo siguen la imagen de su propio porvenir”. Esta afirmación describe acertadamente el desarrollo capitalista en Europa en los primeros años del siglo XIX. Al mismo tiempo, esta observación, que más tarde Trotsky describió como algo “condicional y limitado” (Lecciones de Octubre, 1924), se contradice con el hecho de que el colonialismo europeo fortaleció el atraso social y económico de los países y los pueblos que dominó.
El marxismo es una ciencia. No se basa en sabiduría recibida, sino en la observación y el análisis de la realidad social. Los marxistas no son infalibles, y, de hecho, Marx y Engels aprendieron de sus observaciones y análisis del desarrollo y expansión capitalista. No fue hasta mucho después de 1848 que Marx y Engels desarrollarían una actitud muy diferente hacia el colonialismo, expresada, por ejemplo, en su defensa de la rebelión de los cipayos en la India ocupada por los británicos en 1857-58. Irlanda es probablemente el país al que le prestaron mayor atención debido a sus conocimientos sobre la clase obrera británica. En la década de 1860, Marx y Engels llamaron por la independencia irlandesa de Gran Bretaña, no sólo por justicia hacia Irlanda, sino también como condición previa para la organización de los obreros ingleses. A fines del siglo XIX, Marx y Engels se habían convertido en paladines de la independencia colonial, y reconocieron que la modernización de Asia, África y América Latina podría tener lugar sólo en el contexto de un orden socialista mundial. El capital de Marx (escrito en 1867) contiene un análisis mordaz de lo que él llamó la “acumulación primitiva del capital” mediante la sangre y la muerte de campesinos, trabajadores y otros. Hay un buen artículo en un número reciente de Workers Vanguard que trata sobre el desarrollo de la posición marxista respecto a la cuestión nacional (ver “The National Question in the Marxist Movement, 1848-1914” [La cuestión nacional en el movimiento marxista, 1848-1914], WV No. 931, 27 de febrero de 2009).
Más en general, el imperialismo no se había desarrollado completamente en los tiempos de Marx y Engels. Les quedó a los bolcheviques lidiar plenamente con la importancia de la cuestión nacional en la época del imperialismo. Y los bolcheviques bajo Lenin y Trotsky lucharon contra todas las formas de opresión nacional y por el derecho a la libre determinación de las naciones. Y así como Marx reconoció que la modernización de Asia, África y América Latina podría tener lugar sólo en el contexto de un orden socialista mundial, Trotsky subrayó en su teoría de la revolución permanente que en los países de desarrollo capitalista atrasado la liberación nacional y la modernización social y económica sólo pueden tener lugar bajo la dictadura del proletariado, con la clase obrera luchando por extender su revolución a los países capitalistas avanzados.
En cuanto a la invasión estadounidense de México, Marx y Engels, en un sentido histórico más específico, durante ese periodo no apreciaron el hecho de que ésta fortalecía el poder de la esclavocracia —el mismo poder que se interponía en el camino a un mayor desarrollo burgués—. En la década de 1840, ellos no sabían mucho acerca de EE.UU. Pero para el periodo de la Guerra Civil, Marx y Engels habían estudiado cuidadosamente el país. Los escritos de Marx sobre la Guerra Civil Estadounidense están entre los más perspicaces frente a cualquier observador contemporáneo pues comprendía que la guerra era una guerra de clases entre dos sistemas sociales opuestos.
En 1861, al comienzo de la Guerra Civil, Marx escribió: “En la política exterior de los Estados Unidos, así como en la interior, el interés de los esclavistas servía de norte”. Mencionó en este contexto el intento de EE.UU. por comprar Cuba y a los filibusteros proesclavistas en el norte de México y Centroamérica, concluyendo que la política exterior de EE.UU. tenía como “propósito manifiesto” el “conquistar nuevo territorio para la expansión de la esclavitud y del poder de los esclavistas” (“La Guerra Civil Norteamericana”, 1861). Marx escribió que la esclavitud era la cuestión clave en la Guerra Civil, que él ligó a la guerra con México:
“El movimiento entero se fundaba y se funda, como se ve, en la cuestión de la esclavitud. No en el sentido de si en los actuales estados esclavistas deben ser liberados directamente los esclavos o no, sino en el de si los veinte millones de hombres libres del Norte deben seguir subordinados a una oligarquía de 300,000 dueños de esclavos; de si los enormes territorios de la república deberán convertirse en semilleros de estados libres o de la esclavitud; finalmente, de si la política nacional de la Unión debe enarbolar la bandera de la propagación armada de la esclavitud en México, América Central y del Sur”.
La invasión de México y el arribo de la Guerra Civil
Entonces, para el tiempo de la Guerra Civil Estadounidense, Marx reconoció que la invasión de México estaba integralmente relacionada con el desarrollo de la esclavocracia y que ésta era una de las cuestiones clave para el capitalismo estadounidense.
Quiero hablar un poco acerca de la invasión de México y el arribo de la Guerra Civil. La invasión de México planteó la pregunta: ¿Quién controlará Estados Unidos, la esclavocracia o la burguesía? La respuesta no era evidente. Uno de los mejores historiadores de la época, James McPherson, ha dicho: “En vísperas de la Guerra Civil, la agricultura en base a plantaciones era más rentable, la esclavitud más arraigada, los dueños de esclavos más prósperos, y el ‘poder esclavista’ más dominante en el Sur si no en toda la nación de lo que alguna vez había sido”. Y el Sur era cada vez más beligerante. Aunque muchos norteños querían más compromisos con el Sur, especialmente los comerciantes de Nueva York que se beneficiaban con la venta del algodón del Sur, se hizo más claro al tiempo que la burguesía crecía que el establecimiento de una sociedad capitalista unificada requeriría destruir la esclavitud —es decir, otra revolución burguesa—. La conquista de tanto territorio mexicano condujo directamente a la Guerra Civil. En sus Memorias, Grant escribió:
“La rebelión sureña fue en gran parte resultado de la Guerra Mexicana. Las naciones, como los individuos, son castigadas por sus transgresiones. Hemos conseguido nuestro castigo con la guerra más sangrienta y costosa de los tiempos modernos”.
La pregunta inmediata que planteó la invasión de México fue: ¿Este nuevo territorio arrebatado a México será esclavista o libre? Durante la fiebre del oro en San Francisco, decenas de miles de personas se apresuraron a llegar a California, y en 1850 el territorio solicitó al Congreso ser admitido como un estado libre. Esto dio lugar a otra crisis, y hubo otro “compromiso” en 1850. Al igual que sus predecesores, el compromiso de 1850 sólo retrasó el conflicto inevitable entre el Norte y el Sur. Este compromiso le permitió a California entrar como un estado libre pero mantenía al resto de los territorios mexicanos usurpados en el limbo, con sus respectivos estatus por ser decididos cuando solicitasen convertirse en estados en el futuro.
Éste sería el último gran compromiso. Y de hecho algunas partes de él —como la Ley de Esclavos Fugitivos de 1850, que exigía que los estados del Norte regresaran los esclavos prófugos a sus amos en el Sur— enardecieron aún más las divisiones entre el Norte y el Sur. La década de 1850 estuvo marcada por el Norte dándose cuenta de que su continuo desarrollo como sociedad capitalista significaba deshacerse del poder esclavista, y la esclavocracia dándose cuenta cada vez más de que su dominación en el país estaba amenazada. En otras palabras, la unidad entre el Norte capitalista y el Sur esclavista se iba rompiendo. La política nacional reflejaba esto. Aunque el general Zachary Taylor del Partido Whig fue elegido presidente en 1848, después de la guerra, sería el último whig elegido presidente, pues su partido se dividió entre el Norte y el Sur con respecto a la Ley de Esclavos Fugitivos.
Incluso muchos demócratas del Norte no podían aguantar la dominación del poder esclavista en el país y su partido. Hubo una serie de partidos que se opusieron a la expansión de la esclavitud. En 1856, John C. Frémont fue el primer candidato a presidente por el Partido Republicano. Se postuló con el lema de “Tierra libre, libertad de expresión y Frémont” [Free soil, free speech and Frémont], que estaba en oposición explícita a la esclavocracia. A pesar de que no era en absoluto un partido abolicionista, el Partido Republicano comprendió que a fin de salvaguardar el crecimiento del capitalismo, el poder esclavista tendría que ser controlado y el crecimiento de territorio esclavista detenido. La decisión de 1857 de la Suprema Corte en el caso Dred Scott vs. Sandford, que declaró que el Congreso no podía restringir la esclavitud —y también declaró que las personas negras no tenían derechos en Estados Unidos— hizo la Guerra Civil casi inevitable. En 1860, cuando el primer presidente republicano, Abraham Lincoln, fue elegido con la plataforma de detener la expansión de la esclavitud, el Sur se declaró en secesión de la Unión con el fin de garantizar la esclavitud, lo cual quedó escrito en la constitución de la Confederación. O como Marx dijo: “la Confederación del Sur por lo tanto no libra una guerra de defensa, sino una guerra de conquista con miras a extender y perpetuar la esclavitud” (“La Guerra Civil en los Estados Unidos”, 1861).
Sin entrar en muchos detalles, sólo mencionaré también que la esclavocracia del Sur mantuvo su esquema sobre México. Durante la Guerra Civil, el norte de México se convirtió en un punto geográfico importante de la Confederación para tratar de romper el bloqueo de la Unión y vender algodón a Europa. Según Eugene Genovese, la Confederación tenía planes para marchar “hacia Nuevo México con la intención de seguir a Tucson y luego dirigirse al sur para tomar Sonora, Chihuahua, Durango y Tamaulipas”, y “el gobierno confederado intentó hacer tratos con Santiago Vidaurri, el hombre fuerte de Coahuila y Nuevo León, para afiliar el norte de México a la Confederación”. Casi al mismo tiempo, México mismo estaba en medio de su propia guerra, en la que Benito Juárez luchaba contra la monarquía francesa y los conservadores mexicanos como Vidaurri mientras intentaba modernizar México.
¡Terminar la Guerra Civil!
La Guerra Civil fue la Segunda Revolución Estadounidense, la última de las grandes revoluciones democrático-burguesas. Tomó cuatro años y la muerte de unos 600 mil estadounidenses —casi tantos como los que murieron en todas las demás guerras de EE.UU.— para por fin romper el poder esclavista. Incluidos en esta lucha estuvieron los casi 200 mil soldados negros que pelearon al lado de la Unión. La victoria del Norte en 1865 dio inicio al período más democrático en la historia de EE.UU., la Reconstrucción. La guerra, al garantizar el desarrollo del capitalismo estadounidense, también sentó las bases para el desarrollo de la clase obrera de Estados Unidos —el poder que puede deshacerse del capitalismo—. Hoy en día los obreros negros constituyen un componente muy importante de esta clase obrera.
Los capitalistas del Norte traicionaron la Reconstrucción y la promesa de libertad para los negros, pues persiguieron las ventajas económicas de su victoria sobre la Confederación, en lugar de promover los derechos de los negros. Hacia el final del siglo, la perversa segregación de Jim Crow se impuso. Mientras tanto, la burguesía pasó de la consolidación del poder nacional a la búsqueda del poder imperialista en el extranjero —sin dejar de lado a México y a otros países de América Latina—.
El sangriento imperialismo estadounidense es el enemigo de los obreros y los oprimidos en Estados Unidos y alrededor del mundo. Y éste sigue siendo el caso con el presidente Obama, quien tiene previsto aumentar en un 50 por ciento las tropas de ocupación imperialista en Afganistán. La liberación de los obreros y campesinos en México y América Latina exige hoy revoluciones socialistas en toda América, desde el Yukón hasta Yucatán, desde Alaska a Argentina. Nosotros, en la Spartacist League/U.S., estamos dedicados a forjar un partido obrero clasista revolucionario que sea capaz de llevar a la clase obrera al poder en EE.UU., que es lo que es necesario para aplastar al imperialismo estadounidense. La lucha por la liberación de los negros es esencial para esta tarea. Y es por ello que levantamos la consigna de “¡Terminar la Guerra Civil! ¡Por la liberación de los negros mediante la revolución socialista!”.
http://www.icl-fi.org/espanol/eo/38/guerra.html
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2016.05.24 04:16 ShaunaDorothy Bolivia: Trotskismo vs. nacionalismo burgués (Septiembre de 2006)

https://archive.is/AQasL
Espartaco No. 26 Septiembre de 2006
La elección de Evo Morales como presidente de Bolivia en diciembre pasado fue aclamada internacionalmente por sectores de activistas liberales “antiglobalización” y socialdemócratas como un golpe contra el imperialismo estadounidense, basados en gran parte en la promesa de Morales de nacionalizar el petróleo y las reservas de gas. Al frente del Movimiento al Socialismo (MAS), Morales ganó con una absoluta mayoría de votos y la más grande y aplastante victoria desde el fin del régimen militar en 1982. Mucho del apoyo a Morales proviene del hecho de que es un indígena aimara, hijo de un pastor, en un país marcado por un profundo racismo antiindígena. El New York Times, en un reportaje sobre la toma de posesión de Morales (22 de enero), comentaba que su elección puede representar “el vuelco más radical en la persistente inclinación hacia la izquierda en Sudamérica hasta el momento, con un potencial para tener un gran impacto más allá de las fronteras de esta nación andina sin salida al mar”.
El gobierno de Bush, que ha regañado a Morales por su apoyo a los productores de hoja de coca en Bolivia, ha respondido cautelosamente a su elección. El Washington Post (21 de febrero) opinó en un artículo titulado “Funcionarios de EE.UU. suavizan actitud hacia el nuevo presidente izquierdista de Bolivia” que “al menos por ahora, el gobierno de Bush tiene la esperanza de que Evo Morales, quien alguna vez amenazó con convertirse en ‘la peor pesadilla para Estados Unidos’, sea alguien con quien pueda hacer negocios”. Los imperialistas están también conscientes de que Bolivia es un país muy pobre y que Morales tiene menos recursos a su disposición que Hugo Chávez en una Venezuela rica en petróleo.
Morales, un nacionalista burgués, está comprometido con el “capitalismo andino” y el “libre comercio”. Inmediatamente después de su elección viajó a Santa Cruz, un centro de la elite de negocios boliviana en el oriente del país, donde expresó simpatía a su demanda por la autonomía de esta zona respecto de la empobrecida región occidental. Morales también aceptó privatizar El Mutún, una de las minas de hierro más grandes del mundo, y ha buscado reforzar el respaldo de la burguesía nombrando en su gabinete a una galería de auténticos delincuentes, entre hombres de negocios sombríos y seguidores de sus predecesores “neoliberales”. Así, Morales otorgó el Ministerio de Minería a Walter Villarroel, quien en un periodo anterior en el gobierno tuvo un papel de suma importancia en el desmantelamiento de la estatal Corporación Minera Boliviana (COMIBOL) y en la privatización de operaciones mineras. Tan sólo el mes pasado, trabajadores del Lloyd Aéreo Boliviano, la principal aerolínea del país, que estaban en huelga exigiendo que se nacionalice la compañía, tuvieron un enfrentamiento con la policía después de que Morales ordenara a las fuerzas policiales y militares tomar el control de los aeropuertos del país para romper la huelga.
Al llamar por “nacionalizar” los recursos naturales de Bolivia, Morales hace eco a un programa que tiene mucho tiempo ya en América Latina. La demanda principal de las protestas del año pasado en Bolivia por la nacionalización del petróleo y el gas es apoyable como medida de autodefensa nacional por parte de un país semicolonial frente a los imperialistas, a pesar de no tener un carácter socialista en absoluto. Con respecto a la expropiación de la industria petrolera por el régimen nacionalista burgués de Cárdenas en México en 1938, el dirigente marxista revolucionario León Trotsky escribió:
“El México semicolonial está luchando por su independencia nacional, política y económica. Tal es el significado básico de la revolución mexicana en esta etapa. Los magnates del petróleo no son capitalistas de masas, no son burgueses corrientes. Habiéndose apoderado de las mayores riquezas naturales de un país extranjero, sostenidos por sus billones y apoyados por las fuerzas militares y diplomáticas de sus metrópolis, hacen lo posible por establecer en el país subyugado un régimen de feudalismo imperialista, sometiendo la legislación, la jurisprudencia y la administración...
“La expropiación del petróleo no es ni socialista ni comunista. Es una medida de defensa nacional altamente progresista.”
—“México y el imperialismo británico”, 5 de junio de 1938
Bolivia misma no desconoce las nacionalizaciones, aun en la industria petrolera. El gobierno militar de David Toro (1936-37) nacionalizó la Standard Oil Company de Bolivia sin compensación, creando una compañía petrolera estatal. Esta compañía se apoderó de la Gulf Oil Company de Bolivia en 1969. Fue recién en 1996 que porciones significativas de las operaciones petroleras y del gas natural fueron privatizadas. Hoy, la compañía brasileña Petrobras controla alrededor del 51 por ciento de las extensas reservas bolivianas de gas natural y 95 por ciento de su capacidad de refinación. Sin embargo, la mayoría de las reservas de gas natural no están siendo explotadas. La Asociación de Organizaciones de Productores Ecológicos de Bolivia señaló en un informe de 2005 que “Bolivia tiene ocho sectores que generan más empleo que el gas” y además “el sector petrolero en su totalidad proporciona trabajo a unas 600 personas, en su mayor parte extranjeros”.
El llamado actual de Morales por “nacionalizaciones” implica muy probablemente simples incrementos en los impuestos. Morales dijo al socialdemócrata In These Times (enero de 2006): “Nosotros queremos imponer impuestos a las transnacionales de una manera justa, y redistribuir el dinero a las pequeñas y medianas empresas.” En las elecciones presidenciales de diciembre, no sólo Morales sino cada uno de los candidatos propuso en alguna forma el llamado por la nacionalización de la industria del gas natural. Como hábil político, Morales buscó sonar más radical que sus competidores, mientras simultáneamente trataba de no distanciarse demasiado de la burguesía boliviana ni de los imperialistas.
La “revolución” boliviana de 2005
El precursor inmediato de la elección de Morales consistió en una serie de levantamientos populares desde mayo hasta junio del año pasado. Los manifestantes protestaron contra el “neoliberalismo”: las privatizaciones generalizadas de instalaciones estatales y las medidas de austeridad dictadas por el FMI. La derrota de la huelga general de 1985 permitió estas medidas, las cuales tuvieron como resultado la privatización de minas bolivianas y otros recursos naturales, así como de las telecomunicaciones y el transporte. Mineros despedidos y campesinos fueron forzados a sobrevivir mediante pequeños negocios familiares u otras formas de autoempleo. Muchos de éstos se mudaron a El Alto, originalmente un suburbio de la ciudad capital de La Paz, pero que es ahora una entidad independiente con una población aproximada de 800 mil personas.
El levantamiento de 2005 fue la última de una serie de luchas desesperadas de las masas empobrecidas de Bolivia. En el año 2000 hubo protestas plebeyas a gran escala en la tercera ciudad más grande de Bolivia, Cochabamba, luego de que el gobierno de Hugo Banzer accediera a las demandas del Banco Mundial y vendiera el sistema de agua de la ciudad a la Bechtel y otras corporaciones de países imperialistas, lo que condujo a incrementos en los precios del agua de al menos 200 por ciento. Esta “guerra del agua” llevó a que Bechtel abandonara su parte y demandara a Bolivia por pérdidas ante los tribunales estadounidenses. Otra revuelta explotó en septiembre de 2003 ante el anuncio de que las recientemente descubiertas reservas de gas natural serían conducidas por tuberías a través de Chile, un blanco histórico del nacionalismo boliviano desde la victoria de Chile en la “Guerra del Pacífico” de 1879-83, en la que Bolivia perdió su salida al mar. La “guerra del gas” de 2003 terminó con la designación del vicepresidente de Gonzalo Sánchez de Lozada, Carlos Mesa, como presidente, en una jugada en la que Morales fue pieza clave.
Las protestas y huelgas de mayo-junio de 2005 estallaron en El Alto luego de que el Congreso aprobara la ley de hidrocarburos propuesta por Mesa, la cual favorecía a los imperialistas. Los manifestantes hicieron numerosas demandas, incluyendo la de nacionalizar el gas y otros recursos, oponerse a la autonomía de la rica provincia de Santa Cruz y enjuiciar a Sánchez de Lozada por el asesinato de manifestantes en la “guerra del gas”. Mesa renunció el 6 de junio de 2005 y se lanzó una convocatoria a elecciones para diciembre.
Las protestas de El Alto reflejaron la determinación de las masas oprimidas por resistir la explotación imperialista. Pero romper las cadenas de la opresión imperialista requiere una revolución proletaria dirigida por un partido programáticamente suficiente, es decir, un partido leninista-trotskista, para aplastar el dominio capitalista y establecer un estado obrero. Tal revolución ha de tener la perspectiva de extenderse por toda América Latina y, crucialmente, a los países capitalistas avanzados, particularmente EE.UU. Pero lo que ha faltado desde los inicios de las protestas en Bolivia es la participación de un proletariado organizado. A su vez, esto refleja no sólo la visión nacionalista pequeñoburguesa de los dirigentes de las protestas, sino también la devastación material y atomización de la clase obrera desde los años 80. Así, una de las razones de la burguesía para cerrar las minas estatales de estaño fue deshacerse de miles de mineros, que habían estado entre los obreros con mayor conciencia de clase en América Latina.
El cambio en la composición social de las recientes protestas ha sido notado por numerosos individuos, incluyendo algunos que aplauden los “movimientos sociales” de Bolivia. Así, en un artículo que se encuentra en el sitio en Internet de la organización reformista Left Turn, “El Alto: Epicentro de la nueva resistencia boliviana” (19 de enero de 2005), Jim Straub escribió:
“Las ‘reformas’ económicas del FMI y el Banco Mundial barrieron con sectores enteros de la economía boliviana —minería, manufactura y el sector público— que empleaban grandes números de revolucionarios organizados…
“Denegada la supervivencia en sectores como la minería o el servicio público, los bolivianos desempleados gravitaron en torno a las pocas industrias donde había alguna oportunidad económica: el sector informal —que significa básicamente el masivo mercado negro y las ventas callejeras que dominan América Latina hoy día— y el cultivo de coca…
“Mientras que antes mineros y obreros fabriles armados derrocaban gobiernos, el año pasado fueron las asociaciones indígenas de trabajadores de mercados informales y cocaleros combativos quienes forzaron al corrupto presidente Sánchez de Lozada a renunciar y abandonar el país.”
La revolución permanente y Bolivia
En países de desarrollo desigual y combinado, la debilidad de la burguesía nacional y la dependencia en el imperialismo hacen imposibles los logros alcanzados por la Revolución Francesa y otras revoluciones burguesas clásicas, las cuales sentaron las bases para la modernización económica y la creación de una sociedad industrial. Como Trotsky escribió en La revolución permanente (1931):
“Con respecto a los países de desarrollo burgués retrasado, y en particular de los coloniales y semicoloniales, la teoría de la revolución permanente significa que la resolución íntegra y efectiva de sus fines democráticos y de su emancipación nacional tan sólo puede concebirse por medio de la dictadura del proletariado, empuñando éste el Poder como caudillo de la nación oprimida y, ante todo, de sus masas campesinas.”
Al explicar la perspectiva de la revolución permanente, Trotsky subrayó que: “La conquista del Poder por el proletariado no significa el coronamiento de la revolución, sino simplemente su iniciación. La edificación socialista sólo se concibe sobre la base de la lucha de clases en el terreno nacional e internacional.” La Revolución Rusa de 1917 rompió el imperialismo en su “eslabón más débil”: un país atrasado y principalmente campesino. Generalizando a partir de esta experiencia, Trotsky insistió en que el orden socialista, que proveerá abundancia material para todos, no puede ser construido en los confines de un solo estado. A fin de cuentas, el sistema capitalista tenía que ser destruido en sus puntos más fuertes, los estados industrializados avanzados. Había que vincular a los proletarios de los países más atrasados con sus hermanos de clase en Occidente a través de un partido revolucionario internacional.
La lucha de las masas obreras en Bolivia ha sido una confirmación negativa de la perspectiva de la revolución permanente. En 1952, en 1970-71 y de nuevo en 1985 el proletariado, con los mineros del estaño a la cabeza, llevó a cabo acciones poderosas, hasta e incluyendo la insurrección tal cual. Pero estas luchas fueron traicionadas por los falsos dirigentes obreros, quienes ataron al proletariado a su enemigo de clase sermoneando que es necesario aliarse con la supuesta burguesía “antiimperialista”. Los gobiernos de coalición (frentes populares) en los que los falsos dirigentes obreros participaron junto con los nacionalistas burgueses fortalecieron las fuerzas de la reacción capitalista, llevando una y otra vez a golpes militares y gobiernos bonapartistas.
Si bien las luchas pasadas fueron derrotadas debido a las traiciones de la dirigencia obrera, la devastación material de Bolivia —en particular el cierre de las minas de estaño y gran parte de la industria— plantea otro problema. La instrumentalidad proletaria para derrocar al capitalismo ha sido cualitativamente reducida. Echando un vistazo tan sólo a la relación de fuerzas dentro de Bolivia, este periodo no ofrece buenos augurios en la lucha contra el imperialismo y sus agentes de la burguesía local. Como Trotsky subrayó en La revolución permanente: “En las condiciones de la época imperialista, la revolución nacional-democrática sólo puede ser conducida hasta la victoria en el caso de que las relaciones sociales y políticas del país de que se trate hayan madurado en el sentido de elevar al proletariado al Poder como director de las masas populares. ¿Y si no es así? Entonces, la lucha por la emancipación nacional dará resultados muy exiguos, dirigidos enteramente contra las masas trabajadoras...”
Los militantes radicalizados por las depredaciones del imperialismo y el capitalismo en Bolivia deben entender la necesidad de vincular las luchas de las masas bolivianas con las de países vecinos como Brasil, Chile y Argentina, donde existen concentraciones proletarias más viables, así como con las luchas de la clase obrera norteamericana. Esta perspectiva proletaria internacionalista está dolorosamente ausente entre los seudomarxistas que se han entusiasmado con las recientes protestas y sus dirigencias pequeñoburguesas y nacionalistas burguesas.
Un caso ejemplífico en EE.UU. es el de la reformista International Socialist Organization (ISO, Organización Socialista Internacional), que celebró la renuncia de Mesa en un artículo del Socialist Worker (17 de junio de 2005) titulado “¡Victoria en Bolivia!” donde exclamaron: “A pesar de que la lucha por la nacionalización del gas y el petróleo aún no está resuelta, los movimientos sociales han dado un golpe espectacular a la oligarquía boliviana y el imperialismo estadounidense.”
También fatuamente entusiasmado por el levantamiento de 2005 está el Grupo Internacionalista (GI), cuyos miembros fundadores terminaron fuera de la Liga Comunista Internacional (LCI) a mediados de los años 90 debido a sus apetitos incontenibles por echar porras a fuerzas muy lejanas a la clase obrera. El GI nos señala con el dedo acusador en su Internationalist (diciembre de 2005). Pontifican:
“Por su parte, la ahora centrista tendencia espartaquista ha alcanzado un nuevo nadir histórico: los miembros de su grupo mexicano nos han criticado por plantear la formación de soviets en los sucesos bolivianos de mayo-junio. Dicen que se trata de algo imposible pues, según ellos, ‘no existe en Bolivia hoy en día una clase obrera’ (olvídense de las miles de fábricas que se ubican tan sólo en la ciudad de El Alto). En otras palabras, estos seudotrotskistas creen que es imposible una revolución socialista en Bolivia.”
A pesar de que el GI evoca “miles de fábricas que se ubican tan sólo en la ciudad de El Alto”, éstas no son, en su mayoría, “fábricas” en el significado usual de la palabra, sino pequeños talleres textiles y maquiladoras familiares. Como lo pone Straub, se trata de “gente sin un trabajo regular, sin representación sindical o incluso sin el proverbial Patrón contra el cual luchar”. Todo esto además de la gran tasa de desempleo en El Alto.
Escribiendo en CounterPunch (14 de octubre de 2005), Raúl Zibechi señala:
“Con respecto al empleo, El Alto se caracteriza por el autoempleo. Setenta por ciento de la población empleada trabaja en negocios familiares (50%), o sectores de seminegocios (20%). Estos trabajos son en su mayoría en los negocios de ventas y restaurantes (95% de la población empleada), seguidos por la construcción y la manufactura.”
Lo que frecuentemente pasa como “sindicatos” son en verdad grupos de artesanos y de autoempleados. Uno de estos casos es la Central Obrera Regional (COR), que fue un componente principal de las protestas de El Alto. Notando el surgimiento de federaciones de trabajo para mercaderes y artesanos en los años 70 con “una fuerte identidad obrera territorial”, Zibechi escribió: “Así, emergieron sindicatos y organizaciones de artesanos y vendedores, panaderos y carniceros, que en 1988 crearon la COR, que ahora incluye empleados de bares locales, casas de huéspedes y municipales. Estos grupos están mayoritariamente compuestos de dueños de pequeños negocios y trabajadores autoempleados, un sector social que en otros países no suele organizarse.”
Al leer la narrativa grandilocuente del GI sobre los sucesos ocurridos en Bolivia (agrupados en su sitio en Internet bajo el pomposo nombre de “Bolivia: Batallas de clase en los Andes”), uno nunca sabría que ha habido cambios en el mundo en los últimos 20 años, ni en Bolivia ni en ningún otro lugar. El GI niega la magnitud de la destrucción contrarrevolucionaria de la Unión Soviética y el retroceso en la conciencia proletaria alrededor del mundo que acompaña esta derrota. El propósito de esto es embellecer una realidad existente con la esperanza de hacer pasar como “revolucionarias” las fuerzas de clase ajenas a las que se acomodan —ya sean desgastados traidores estalinistas del estado obrero deformado de la RDA en Alemania oriental, sindicalistas oportunistas en Brasil o similares (ver “El ‘grupo’de Norden: vergonzosos desertores del trotskismo”, Boletín Internacional No. 38, diciembre de 2000)—.
El GI es un maestro consumado en negar la realidad. Puede conjurar una sección fraternal en Ucrania con base en falsedades (ver “La idiotez de las villas Potemkin del GI ad absurdum”, Workers Vanguard No. 828, 11 de junio de 2004). El GI puede conjurar un proletariado donde a duras penas existe, si acaso, mientras por otro lado ignora poderosas concentraciones de clase obrera. Así, es notable que mientras el GI ha escrito toneladas de artículos sobre Bolivia (literalmente siete solamente en su publicación del verano de 2005), ha ignorado en gran medida al oriente asiático —China, Japón y Corea— que se ha convertido en el corazón industrial del mundo.
La Revolución de 1952
En 1952 la clase obrera boliviana, bajo la dirección de los mineros del estaño organizados en el sindicato minero FSTMB, fue la punta de lanza de una prometedora oportunidad de revolución obrera. En abril de ese año, una intentona de golpe de estado detonó una insurrección en la que los obreros armados derrotaron al ejército. Se formó una poderosa federación obrera, la Central Obrera Boliviana (COB), que se convirtió en la autoridad principal no sólo para los obreros sindicalizados sino también para la mayoría del campesinado y la pequeña burguesía urbana. Mientras los mineros exigían el control obrero de las recientemente nacionalizadas minas de estaño y los campesinos se anticipaban a la prometida reforma agraria tomando extensos terrenos, el dirigente de la COB, Juan Lechín, se unió al gobierno burgués de Víctor Paz Estenssoro y su Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR). Así, Lechín y otros “ministros obreros” se convirtieron en el instrumento de la burguesía utilizado para subordinar a las masas que se levantaban para enfrentar al régimen capitalista.
En ese momento, el POR (Partido Obrero Revolucionario), una organización autoproclamada trotskista, disfrutaba de gran influencia en la dirección ejecutiva de la COB. El POR era dirigido por Guillermo Lora, quien se hizo famoso por su menchevismo nacionalista y su desprecio por cualquier cosa fuera de las fronteras de Bolivia, vociferando que “Bolivia constituye la experiencia más rica del trotskismo mundial”. Lora demostró su desprecio por las lecciones de la Revolución Rusa y, no en menor medida, por la necesidad de la independencia política de la clase obrera. El POR apoyó la entrada de Lechín al gobierno burgués, manifestando que “apoya a la fracción de izquierda del nuevo gabinete” y pidieron a Paz Estenssoro “consumar las expectativas de los obreros constituyendo un gabinete compuesto exclusivamente por hombres de izquierda de su partido [¡burgués!].” En contraposición, los bolcheviques en 1917 se rehusaron a dar apoyo alguno al gobierno burgués de Kerensky, denunciaron a los traidores de clase reformistas, mencheviques y socialrevolucionarios que se unieron al gobierno, y dirigieron a las masas obreras al aniquilamiento del gobierno burgués mediante una revolución proletaria (ver “Revolución y contrarrevolución en Bolivia”, Spartacist [edición en español] No. 18, octubre de 1986).
La nacionalización de las minas de estaño y una modesta reforma agraria fueron algunas de las concesiones de la burguesía boliviana en 1952 para contener la revolución. Sin embargo, como los eventos posteriores lo demostraron, tales reformas son eminentemente reversibles. De hecho, en cuanto la amenaza de revolución social se alejó, los capitalistas empezaron a movilizarse contra los obreros. El ejército fue reconstruido con dólares y consejeros estadounidenses con base en un decreto firmado por Lechín, entre otros. Este ejército se hizo tristemente célebre por sus sangrientas matanzas de mineros combativos. Para 1957 el MNR estaba lo suficientemente seguro como para invitar a EE.UU. a que tomara las riendas de la economía boliviana bajo el “Plan Triangular” de austeridad y rompimiento de sindicatos.
Cuando el GI habla hoy de manera efusiva sobre la participación de los mineros de la FSTMB en las protestas, sólo está tratando de engañar a los lectores desinformados para que crean que la FSTMB es aún la punta de lanza de un proletariado combativo. Esto es pura chicanería. Entre 1985 y 1987 la compañía minera estatal del estaño redujo su número de trabajadores de 30 mil a 7 mil; luego las operaciones fueron privatizadas. La Biblioteca del Congreso [de EE.UU.], en su estudio sobre Bolivia, señala, “La reestructuración del sector minero nacionalizado, en especial los despidos masivos, había diezmado a la FSTMB.” De hecho, la mayoría de la gente que hoy trabaja en la industria se dedica, junto a sus familias, a pepenar lo que queda de las minas cerradas o a la búsqueda de minerales en los ríos, vendiendo lo que encuentran en el mercado negro o en la calle. Su posición atomizada los acerca más a los buscadores de minas pequeñoburgueses que a los proletarios.
La COB, la histórica federación sindical de 1952, también ha cambiado radicalmente. Como Herbert S. Klein comenta en A Concise History of Bolivia [Una historia concisa de Bolivia] (2003): “La base de la izquierda radical ha sido transformada con el declive de la vieja central obrera, la COB, y la FSTMB minera y el surgimiento de las nuevas organizaciones campesinas… Pronto la CSUTCB [confederación campesina] obtuvo una mayoría en la COB y al final dominó su dirección y reorientó sus demandas hacia nuevos temas.”
Es una consecuencia lógica de las recientes protestas que el nuevo dirigente de Bolivia sea un campesino. Su cosecha, así como la de su base social, es la hoja de coca, que luego del colapso del mercado del estaño se ha convertido en un producto de exportación clave. ¡De hecho, el “sindicato” de cocaleros ha remplazado a la FSTMB como el componente más fuerte de la COB!
Los programas de erradicación de drogas impuestos por EE.UU. —llevados a cabo tanto por los gobiernos Demócratas como por los Republicanos— han arruinado financieramente a los cocaleros de Bolivia. Morales busca cooperar con EE.UU. para erradicar la producción de cocaína con la esperanza de que Washington le permita “despenalizar” la hoja de coca. La coca tiene muchos usos tradicionales. Muchos la mastican para aliviar dolores ocasionados por el hambre —un poderoso aliciente en el segundo país mas pobre del Hemisferio Occidental—. El gobierno de Bush, sin embargo, es previsiblemente hostil a cualquier cosa que tenga que ver con la coca. Esto pone a Morales en una situación difícil entre su base social y los imperialistas a quienes busca calmar. Como marxistas nos oponemos a la “guerra contra las drogas” de los gobernantes estadounidenses y llamamos por despenalizar el uso de drogas.
¡Por la revolución socialista en toda América!
Un gran número de comentaristas ha predicho que si Morales no lleva a cabo sus promesas electorales caerá como los dos presidentes anteriores. Esto puede ser verdad. Pero, de nuevo, Bolivia ha tenido casi 200 gobiernos desde que se independizó de España en 1825, y cada uno ha administrado la explotación económica y la miseria. Muestra la debilidad de la burguesía boliviana que un presidente puede ser derrocado en gran medida a través de actividades tan simples como el bloqueo de las rutas principales. En el contexto de un enorme atraso, la inestabilidad de Bolivia recuerda lo que Trotsky, refiriéndose a la ebullición social crónica en España, llamó “convulsiones crónicas en las cuales halla su expresión la enfermedad inveterada de una nación que se ha quedado atrás” (“La Revolución en España”, 24 de enero de 1931).
Confinados a las fronteras de Bolivia y con el proletariado ausente como fuerza organizada, los levantamientos sociales que se derivan de la inestabilidad del país sólo pueden terminar en alguna variante de gobierno capitalista. Lo que es crucialmente necesario es la construcción de un partido obrero revolucionario que pueda unir las luchas de las masas empobrecidas de Bolivia —particularmente las de los proletarios existentes— con la poderosa clase obrera que existe en otros países de América Latina, EE.UU. y otros lugares. Tal partido tiene que ser establecido en América Latina en oposición tajante a los nacionalistas burgueses y políticos reformistas de todo tipo.
También tiene que ser construido en oposición al chovinismo nacional que ha caracterizado por mucho tiempo incluso a la política “izquierdista” boliviana. El POR de Guillermo Lora concentró en gran medida su oposición a la dictadura de Hugo Banzer en los años 70 en acusaciones de que había vendido la “madre patria” a Chile y Perú. El POR también acusaba a Banzer de traicionar la “gran tarea nacional” de recuperar el acceso al océano —un llamado implícito para la guerra con el afán de revertir la derrota de Bolivia frente a Chile a finales del siglo XIX—. La última vez que la encerrada Bolivia intento conquistar un “camino al mar”, la intentona culminó en la sangrienta Guerra del Chaco de 1932-35, en la que Bolivia enfrentó a Paraguay por la región potencialmente rica en petróleo de El Chaco y el acceso al Río Paraguay como ruta al Océano Atlántico. Con la Standard Oil en apoyo de Bolivia y la Shell Oil del lado de Paraguay, la guerra terminó en una derrota para Bolivia e intensificó el nacionalismo boliviano. Cuán enraizado está este sentimiento nacionalista se demostró en las recientes protestas de la “guerra del gas”, con las rampantes denuncias chovinistas contra Chile por “robar” el gas natural de Bolivia.
La tarea de arrancar a Centro y Sudamérica del atraso y la subyugación al imperialismo recae en el proletariado de la misma región. Como Trotsky subrayó en el “Manifiesto de la Cuarta Internacional sobre la guerra imperialista y la revolución proletaria mundial” (mayo de 1940):
“La consigna que presidirá la lucha contra la violencia y las intrigas del imperialismo mundial y contra la sangrienta explotación de las camarillas compradoras nativas será, por lo tanto: Por los estados unidos soviéticos de Sud y Centro América…
“Sólo bajo su propia dirección revolucionaria el proletariado de las colonias y las semicolonias podrá lograr la colaboración firme del proletariado de los centros metropolitanos y de la clase obrera mundial. Sólo esta colaboración podrá llevar a los pueblos oprimidos a su emancipación final y completa con el derrocamiento del imperialismo en todo el mundo.”
http://www.icl-fi.org/espanol/eo/26/bolivia.html
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2016.05.24 02:37 ShaunaDorothy Bolivia: Trotskismo vs. nacionalismo burgués (2006)

https://archive.is/EtVWA
La elección de Evo Morales como presidente de Bolivia en diciembre pasado fue aclamada internacionalmente por sectores de activistas liberales “antiglobalización” y socialdemócratas como un golpe contra el imperialismo estadounidense, basados en gran parte en la promesa de Morales de nacionalizar el petróleo y las reservas de gas. Al frente del Movimiento Al Socialismo (MAS), Morales ganó con una absoluta mayoría de votos y la más grande y aplastante victoria desde el fin del militarismo en 1982. Mucho del apoyo a Morales proviene del hecho de que es un indígena aimará, hijo de un pastor, en un país marcado por un profundo racismo antiindígena. El New York Times, en un reportaje sobre la toma de posesión de Morales (22 de enero) comentaba que su elección puede representar “el vuelco más radical en la persistente inclinación hacia la izquierda en Sudamérica hasta el momento, con un potencial para tener un gran impacto más allá de las fronteras de esta nación andina sin salida al mar”.
El gobierno de Bush, que ha regañado a Morales por su apoyo a los productores de hoja de coca en Bolivia, ha respondido cautelosamente a su elección. El Washington Post (21 de febrero) opinó en un artículo titulado “Funcionarios de EE.UU. suavizan actitud hacia el nuevo presidente izquierdista de Bolivia” que “al menos por ahora, el gobierno de Bush tiene la esperanza de que Evo Morales, quien alguna vez amenazó con convertirse en ‘la peor pesadilla para Estados Unidos’, sea alguien con quien puedan hacer negocios”. Los imperialistas están también conscientes de que Bolivia es un país muy pobre y que Morales tiene menos recursos a su disposición que Hugo Chávez en una Venezuela rica en petróleo.
Morales, un nacionalista burgués, está comprometido con un “capitalismo andino” y el “libre comercio”. Inmediatamente después de su elección viajó a Santa Cruz, un centro de la elite de negocios boliviana en el oriente del país, donde expresó simpatía a su demanda por la autonomía de esta zona respecto de la empobrecida región occidental. Morales también aceptó privatizar El Mutún, una de las minas de hierro más grandes del mundo, y ha buscado reforzar el respaldo de la burguesía nombrando en su gabinete a una galería de auténticos delincuentes entre hombres de negocios sombríos y seguidores de sus predecesores “neoliberales”. Así, Morales otorgó el Ministerio de Minería a Walter Villarroel, quien en un periodo anterior en el gobierno tuvo un papel de suma importancia en el desmantelamiento de la estatal Corporación Minera Boliviana (COMIBOL) y en la privatización de operaciones mineras. Tan sólo el mes pasado, trabajadores del Lloyd Aéreo Boliviano, la principal aerolínea del país, que estaban en huelga exigiendo que se nacionalice la compañía, tuvieron un enfrentamiento con la policía después de que Morales ordenara a las fuerzas policiales y militares tomar el control de los aeropuertos del país para romper la huelga.
Al llamar por “nacionalizar” los recursos naturales de Bolivia, Morales hace eco a un programa que tiene mucho tiempo ya en América Latina. La demanda principal de las protestas del año pasado en Bolivia por la nacionalización del petróleo y el gas es apoyable como medida de autodefensa nacional por parte de un país semicolonial frente a los imperialistas, a pesar de no tener un carácter socialista en absoluto. Con respecto a la expropiación de la industria petrolera por el régimen nacionalista burgués de Cárdenas en México en 1938, el dirigente marxista revolucionario León Trotsky escribió:
“El México semicolonial está luchando por su independencia nacional, política y económica. Tal es el significado básico de la revolución mejicana en esta etapa. Los magnates del petróleo no son capitalistas de masas, no son burgueses corrientes. Habiéndose apoderado de las mayores riquezas naturales de un país extranjero, sostenidos por sus billones y apoyados por las fuerzas militares y diplomáticas de sus metrópolis, hacen lo posible por establecer en el país subyugado un régimen de feudalismo imperialista, sometiendo la legislación, la jurisprudencia y la administración... La expropiación del petróleo no es ni socialista ni comunista. Es una medida de defensa nacional altamente progresista.”
—“México y el imperialismo británico”, 5 de junio de 1938
Bolivia misma no es una extraña a las nacionalizaciones, aun en la industria petrolera. El gobierno militar de David Toro (1936-37) nacionalizó la Standard Oil Company de Bolivia sin compensación, creando una compañía petrolera estatal. Esta compañía se apoderó la Gulf Oil Company de Bolivia en 1969. Fue hasta 1996 que porciones significativas de las operaciones petroleras y del gas natural fueron privatizadas. Hoy la compañía brasileña Petrobras controla alrededor del 51 por ciento de las extensas reservas bolivianas de gas natural y 95 por ciento de su capacidad de refinería. Sin embargo, la mayoría de las reservas de gas natural no están siendo explotadas. La Asociación de Organizaciones de Productores Ecológicos de Bolivia señaló en un informe de 2005 que “Bolivia tiene ocho sectores que generan más empleo que el gas” y además “el sector petrolero en su totalidad proporciona trabajo a unas 600 personas, en su mayor parte extranjeros”.
El llamado actual de Morales por “nacionalizaciones” implica muy probablemente simples incrementos en los impuestos. Morales dijo al socialdemócrata In These Times (enero de 2006): “Nosotros queremos imponer impuestos a las transnacionales de una manera justa, y redistribuir el dinero a las pequeñas y medianas empresas.” En las elecciones presidenciales de diciembre, no sólo Morales sino cada uno de los candidatos propuso en alguna forma el llamado por la nacionalización de la industria del gas natural. Como hábil político, Morales busco sonar más radical que sus competidores, mientras simultáneamente trataba de no distanciarse demasiado de la burguesía boliviana ni de los imperialistas.
La “revolución” boliviana de 2005
El precursor inmediato de la elección de Morales consistió en una serie de levantamientos populares desde mayo hasta junio del año pasado. Los manifestantes protestaron contra el “neoliberalismo”: las privatizaciones generalizadas de instalaciones estatales y las medidas de austeridad dictadas por el FMI. La derrota de la huelga general de 1985 permitió estas medidas, lo que tuvo como resultado la privatización de minas bolivianas y otros recursos naturales, así como de las telecomunicaciones y el transporte. Mineros despedidos y campesinos fueron forzados a sobrevivir mediante pequeños negocios familiares u otras formas de autoempleo. Muchos de estos se mudaron a El Alto, originalmente un suburbio de la ciudad capital de La Paz, pero que es ahora una entidad independiente con una población aproximada de 800 mil personas.
El levantamiento de 2005 fue la última en una serie de luchas desesperadas de las masas empobrecidas de Bolivia. En el año 2000 hubo protestas plebeyas a gran escala en la tercera ciudad más grande de Bolivia, Cochabamba, luego de que el gobierno de Hugo Banzer accediera a las demandas del Banco Mundial y vendiera el sistema de agua de la ciudad a la Bechtel y otras corporaciones de países imperialistas, lo que condujo a incrementos en los precios del agua de al menos 200 por ciento. Esta “guerra del agua” llevó a que Bechtel abandonara su parte y demandara a Bolivia por pérdidas ante los tribunales estadounidenses. Otra revuelta explotó en septiembre de 2003 ante el anuncio de que las recientemente descubiertas reservas de gas natural serían conducidas por un oleoducto a través de Chile, un blanco histórico del nacionalismo boliviano desde la victoria de Chile en la “Guerra del Pacífico” de 1879-83, en la que Bolivia perdió su costa y su salida al mar. La “guerra del gas” de 2003 terminó con la designación del vicepresidente de Gonzalo Sánchez de Lozada, Carlos Mesa, como presidente, en una jugada en la que Morales fue pieza clave.
Las protestas y huelgas de mayo-junio de 2005 estallaron en El Alto luego de que el Congreso aprobara la ley de hidrocarburos propuesta por Mesa, la cual favorecía a los imperialistas. Los manifestantes hicieron numerosas demandas, incluyendo la de nacionalizar el gas y otros recursos, oponerse a la autonomía de la provincia más rica de Santa Cruz, y enjuiciar a Sánchez de Lozada por el asesinato de manifestantes en la “guerra del gas”. Mesa renunció el 6 de junio y se lanzó una convocatoria a elecciones para diciembre.
Las protestas de El Alto reflejaron la determinación de las masas oprimidas por resistir la explotación imperialista. Pero romper las cadenas de la opresión imperialista requiere una revolución proletaria dirigida por un partido programáticamente suficiente, es decir, un partido leninista-trotskista, para aplastar el dominio capitalista y establecer un estado obrero. Tal revolución ha de tener la perspectiva de extenderse por toda América Latina y, crucialmente, a los países capitalistas avanzados, particularmente EE.UU. Pero lo que ha faltado desde los inicios de las protestas en Bolivia es la participación de un proletariado organizado. A su vez, esto refleja no sólo la visión nacionalista pequeñoburguesa de los dirigentes de las protestas, sino también la devastación material y atomización de la clase obrera desde los años 80. Así, una de las razones de la burguesía para cerrar las minas estatales de estaño fue deshacerse de los miles de mineros, que habían estado entre los obreros con mayor conciencia de clase en América Latina.
El cambio en la composición social de las recientes protestas ha sido notado por numerosos individuos, incluyendo algunos que aplauden los “movimientos sociales” de Bolivia. Así, en un articulo que se encuentra en el website de la organización reformista Left Turn, “El Alto: Epicentro de la nueva resistencia boliviana” (19 de enero de 2005), Jim Straub escribió:
“Las ‘reformas’ económicas del FMI y el Banco Mundial barrieron con sectores enteros de la economía Boliviana —minería, manufactura y el sector público— que empleaban grandes números de revolucionarios organizados…
Denegada la supervivencia en sectores como la minería o el servicio público, los bolivianos desempleados gravitaron en torno a las pocas industrias donde había alguna oportunidad económica: el sector informal —que significa básicamente el masivo mercado negro y las ventas callejeras que dominan América Latina hoy día— y el cultivo de coca…
Mientras que antes mineros y obreros fabriles armados derrocaban gobiernos, el año pasado fueron las asociaciones indígenas de trabajadores de mercados informales y cocaleros combativos quienes forzaron al corrupto presidente Sánchez de Lozada a renunciar y abandonar el país.”
La revolución permanente y Bolivia
En países de desarrollo desigual y combinado, la debilidad de la burguesía nacional y la dependencia en el imperialismo hacen imposibles los logros alcanzados por la Revolución Francesa y otras revoluciones burguesas clásicas, las cuales sentaron las bases para la modernización económica y la creación de una sociedad industrial. Como Trotsky escribió en La revolución permanente (1931):
“Con respecto a los países de desarrollo burgués retrasado, y en particular de los coloniales y semicoloniales, la teoría de la revolución permanente significa que la resolución íntegra y efectiva de sus fines democráticos y de su emancipación nacional tan sólo puede concebirse por medio de la dictadura del proletariado, empuñando éste el Poder como caudillo de la nación oprimida y, ante todo, de sus masas campesinas.”
Al explicar la perspectiva de la revolución permanente, Trotsky subrayó que: “La conquista del Poder por el proletariado no significa el coronamiento de la revolución, sino simplemente su iniciación. La edificación socialista sólo se concibe sobre la base de la lucha de clases en el terreno nacional e internacional.” La Revolución Rusa de 1917 rompió el imperialismo en su “eslabón más débil”: un país atrasado y principalmente campesino. Generalizando a partir de esta experiencia, Trotsky insistió en que el orden socialista, que proveerá abundancia material para todos, no puede ser construido en los confines de un solo estado. A fin de cuentas, el sistema capitalista tenía que ser destruido en sus puntos más fuertes, los estados industrializados avanzados. Había que vincular a los proletarios de los países más atrasados con sus hermanos de clase en Occidente a través de un partido revolucionario internacional.
La lucha de las masas obreras en Bolivia ha sido una confirmación negativa de la perspectiva de la revolución permanente. En 1952, en 1970-71 y de nuevo en 1985 el proletariado, con los mineros del estaño a la cabeza, llevó a cabo acciones poderosas, casi hasta e incluyendo la insurrección tal cual. Pero estas luchas fueron traicionadas por los falsos dirigentes obreros, quienes ataron al proletariado a su enemigo de clase sermoneando que es necesario aliarse con la supuesta burguesía “antiimperialista”. Los gobiernos de coalición (frentes populares) en los que los falsos dirigentes obreros participaron junto con los nacionalistas burgueses fortalecieron las fuerzas de la reacción capitalista, llevando una y otra vez a golpes militares y gobiernos bonapartistas.
Si bien las luchas pasadas fueron derrotadas debido a las traiciones de la dirigencia obrera, la devastación material de Bolivia —en particular el cierre de las minas de estaño y gran parte de la industria— plantea otro problema. El instrumental proletario para derrocar al capitalismo ha sido cualitativamente reducido. Echando un vistazo tan sólo a la relación de fuerzas dentro de Bolivia, este periodo no ofrece buenos augurios en la lucha contra el imperialismo y sus agentes de la burguesía local. Como Trotsky subrayó en La revolución permanente:
“En las condiciones de la época imperialista, la revolución nacional-democrática sólo puede ser conducida hasta la victoria en el caso de que las relaciones sociales y políticas del país de que se trate hayan madurado en el sentido de elevar al proletariado al Poder como director de las masas populares. ¿Y si no es así? Entonces, la lucha por la emancipación nacional dará resultados muy exiguos, dirigidos enteramente contra las masas trabajadoras...”
Los militantes radicalizados por las depredaciones del imperialismo y el capitalismo en Bolivia deben entender la necesidad de vincular las luchas de las masas bolivianas con las de países vecinos como Brasil, Chile y Argentina, donde existen concentraciones proletarias más viables, así como con las luchas de la clase obrera norteamericana. Esta perspectiva proletaria-internacionalista está dolorosamente ausente entre los seudomarxistas que se han entusiasmado con las recientes protestas y sus dirigencias pequeñoburguesas y nacionalistas burguesas.
Un caso ejemplífico en EE.UU. es el de la reformista International Socialist Organization (ISO, Organización Socialista Internacional), que celebró la renuncia de Mesa en un artículo del Socialist Worker (17 de junio de 2005) titulado “¡Victoria en Bolivia!” donde exclamaron: “A pesar de que la lucha por la nacionalización del gas y el petróleo aún no está resuelta, los movimientos sociales han dado un golpe espectacular a la oligarquía boliviana y el imperialismo estadounidense.”
También fatuamente entusiasmado por el levantamiento de 2005 está el Grupo Internacionalista (GI), cuyos miembros fundadores terminaron fuera de la Liga Comunista Internacional (LCI) a mediados de los años 90 debido a sus apetitos incontenibles por echar porras a fuerzas muy lejanas a la clase obrera. El GI nos señala con el dedo acusador en su Internationalist (diciembre de 2005). Pontifican:
“Por su parte, la ahora centrista tendencia espartaquista ha alcanzado un nuevo nadir histórico: los miembros de su grupo mexicano nos han criticado por plantear la formación de soviets en los sucesos bolivianos de mayo-junio. Dicen que se trata de algo imposible pues, según ellos, ‘no existe en Bolivia hoy en día una clase obrera’ (olvídense de las miles de fábricas que se ubican tan sólo en la ciudad de El Alto). En otras palabras, estos seudotrotskistas creen que es imposible una revolución socialista en Bolivia.”
A pesar de que el GI evoca “miles de fábricas que se ubican tan sólo en la ciudad de El Alto”, éstas no son, en su mayoría, “fábricas” en el significado usual de la palabra, sino pequeños talleres textiles y maquiladoras familiares. Como lo pone Straub, se trata de “gente sin un trabajo regular, sin representación sindical o incluso sin el proverbial Patrón contra el cual luchar”. Todo esto además de la gran tasa de desempleo en El Alto.
Escribiendo en CounterPunch (14 de octubre de 2005), Raúl Zibechi señala:
“Con respecto al empleo, El Alto se caracteriza por el autoempleo. Setenta por ciento de la población empleada trabaja en negocios familiares (50%), o sectores de seminegocios (20%). Estos trabajos son en su mayoría en los negocios de ventas y restaurantes (95% de la población empleada), seguidos por la construcción y la manufactura.”
Lo que frecuentemente pasa como “sindicatos” son en verdad grupos de artesanos y de autoempleados. Uno de estos casos es la Central Obrera Regional (COR), que fue un componente principal de las protestas de El Alto. Notando el surgimiento de federaciones de trabajo para mercaderes y artesanos en los años 70 con “una fuerte identidad obrera territorial”, Zibechi escribió: “Así, emergieron sindicatos y organizaciones de artesanos y vendedores, panaderos y carniceros, que en 1988 crearon la COR, que ahora incluye empleados de bares locales, casas de huéspedes y municipales. Estos grupos están mayoritariamente compuestos de dueños de negocios pequeños y trabajadores autoempleados, un sector social que en otros países no suele organizarse.”
Al leer la narrativa grandilocuente del GI sobre los sucesos ocurridos en Bolivia (tomados de su website bajo el pomposo nombre de “Bolivia: Batallas de clase en los Andes”), uno nunca sabría que ha habido cambios en el mundo en los últimos 20 años, ni en Bolivia ni en ningún otro lugar. El GI niega la magnitud de la destrucción contrarrevolucionaria de la Unión Soviética y el retroceso en la conciencia proletaria alrededor del mundo que acompaña esta derrota. El propósito de esto es embellecer una realidad existente con la esperanza de hacer pasar como “revolucionarias” las extrañas fuerzas de clase a las que se acomodan —ya sean desgastados traidores estalinistas del estado obrero deformado de la RDA en Alemania oriental, sindicalistas oportunistas en Brasil, o similares (ver “El ‘grupo’de Norden: Vergonzosos desertores del trotskismo”, Boletín Internacional No. 38, diciembre de 2000, que se puede ordenar a la dirección dada al final de la presente traducción)—.
El GI es un maestro consumado en negar la realidad. Puede conjurar una sección fraternal en Ucrania con base en falsedades (ver “La idiotez de las villas Potemkin del GI ad absurdum”, Workers Vanguard No. 828, 11 de junio de 2004). El GI puede conjurar un proletariado donde a duras penas existe, si acaso, mientras por otro lado ignora poderosas concentraciones de clase obrera. Así, es notable que mientras el GI ha escrito toneladas de artículos sobre Bolivia (literalmente siete en solamente su publicación del verano de 2005), en gran medida ha ignorado el oriente asiático —China, Japón y Corea— que se ha convertido en el corazón industrial del mundo.
La Revolución de 1952
En 1952 la clase obrera boliviana, bajo la dirección de los mineros del estaño organizados en el sindicato minero FSTMB, fueron la punta de lanza de una oportunidad prometedora de revolución obrera. En abril de ese año una intentona de golpe detonó una insurrección en la que los obreros armados derrotaron al ejército. Se formó una poderosa federación obrera, la Central Obrera Boliviana (COB), que se convirtió en la autoridad principal no sólo para los obreros sindicalizados sino también para la mayoría del campesinado y la pequeña burguesía urbana. Mientras los mineros exigían el control obrero de las recientemente nacionalizadas minas de estaño y los campesinos se anticipaban a la prometida reforma agraria tomando extensos terrenos, el dirigente de la COB, Juan Lechín, se unía al gobierno burgués de Víctor Paz Estensoro y su Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR). Así, Lechín y otros “ministros obreros” se convirtieron en el instrumento de la burguesía utilizado para subordinar a las masas que se levantaban para enfrentar al régimen capitalista.
En ese momento, el POR (Partido Obrero Revolucionario), una organización autoproclamada trotskista, disfrutaba de gran influencia en la dirección ejecutiva de la COB. El POR estaba dirigido por Guillermo Lora, quien se hizo famoso por su menchevismo nacional y su desprecio por cualquier cosa fuera de las fronteras de Bolivia, vociferando que “Bolivia constituye la experiencia más rica del trotskysmo mundial”. Lora demostró su desprecio por las lecciones de la Revolución Rusa, y no en menor medida por la necesidad de la independencia política de la clase obrera. El POR apoyó la entrada de Lechín al gobierno burgués, manifestando que “apoya a la fracción de izquierda del nuevo gabinete” y pidieron a Paz Estensoro “consumar las expectativas de los obreros constituyendo un gabinete compuesto exclusivamente por hombres de izquierda de su partido [¡burgués!].” En contraposición, los bolcheviques en 1917 se rehusaron a dar apoyo alguno al gobierno burgués de Kerensky, denunciaron a los traidores de clase reformistas, mencheviques y socialrevolucionarios que se unieron al gobierno, y dirigieron a las masas obreras al aniquilamiento del gobierno burgués mediante una revolución proletaria (ver “Revolución y contrarrevolución en Bolivia”, Spartacist [Edición en español] No. 18, octubre de 1986).
La nacionalización de las minas de estaño y una modesta reforma agraria fueron algunas de las concesiones de la burguesía boliviana en 1952 como medio para contener la revolución. Sin embargo, como los eventos posteriores lo demostraron, tales reformas son eminentemente reversibles. De hecho, en cuanto la amenaza de revolución social se alejó, los capitalistas empezaron a movilizarse contra los obreros. El ejército fue reconstruido con dólares y consejeros estadounidenses, con base en un decreto firmado por Lechín, entre otros. Este ejército se hizo tristemente célebre por sus sangrientas matanzas de mineros combativos. Para 1957 el MNR estaba lo suficientemente seguro como para invitar a EE.UU. a que tomara las riendas de la economía boliviana bajo el “Plan Triangular” de austeridad y rompimiento de sindicatos.
Cuando el GI habla hoy de manera efusiva sobre la participación de los mineros de la FSTMB en las protestas, sólo está tratando de engañar a los lectores desinformados para que crean que la FSTMB es aún la punta de lanza de un proletariado combativo. Esto es pura chicanería. Entre 1985 y 1987 la compañía minera estatal del estaño redujo su número de trabajadores de 30 mil a 7 mil; luego las operaciones fueron privatizadas. La Biblioteca del Congreso [de EE.UU.], en su estudio sobre Bolivia, señala, “La reestructuración del sector minero nacionalizado, en especial los despidos masivos, había diezmado la FSTMB.” De hecho, la mayoría de la gente que hoy trabaja en la industria se dedica, junto a sus familias, a pepenar lo que queda de las minas cerradas o a la búsqueda de minerales en los ríos, vendiendo lo que encuentran en el mercado negro o en la calle. Su posición atomizada los acerca más a los buscadores de minas pequeñoburgueses que a los proletarios.
La COB, la histórica federación sindical de 1952, también ha cambiado radicalmente. Como Herbert S. Klein comenta en A Concise History of Bolivia [Una historia concisa de Bolivia] (2003): “La base de la izquierda radical ha sido transformada con el declive de la vieja central obrera, la COB, y la FSTMB minera y el surgimiento de las nuevas organizaciones campesinas… Pronto la CSUTCB [confederación campesina] obtuvo una mayoría en la COB y al final dominó su dirección y reorientó sus demandas hacia nuevos temas.”
Es una consecuencia lógica de las recientes protestas que el nuevo dirigente de Bolivia sea un campesino. Su cosecha, así como la de su base social, es la hoja de coca, que luego del colapso del mercado del estaño se ha convertido en un producto de exportación clave. ¡De hecho, el “sindicato” de cocaleros ha remplazado a la FSTMB como el componente más fuerte de la COB!
Los programas de erradicación de drogas impuestos por EE.UU. —llevados a cabo tanto por los gobiernos Demócratas como por los Republicanos— han arruinado financieramente a los cocaleros de Bolivia. Morales busca cooperar con EE.UU. para erradicar la producción de cocaína con la esperanza de que Washington le permita “despenalizar” la hoja de coca. La coca tiene muchos usos tradicionales. Muchos la mastican para aliviar dolores ocasionados por el hambre —un poderoso aliciente en el segundo país mas pobre del Hemisferio Occidental—. El gobierno de Bush, sin embargo, es previsiblemente hostil a cualquier cosa que tenga que ver con la coca. Esto pone a Morales en una situación difícil entre su base social y los imperialistas a quienes busca calmar. Como marxistas, nos oponemos a la “guerra de las drogas” de los gobernantes estadounidenses y llamamos por despenalizar el uso de drogas.
¡Por la revolución socialista en toda América!
Un gran número de comentadores ha predicho que si Morales no lleva a cabo sus promesas electorales, caerá como los dos presidentes anteriores. Esto puede ser verdad. Pero, de nuevo, Bolivia ha tenido casi 200 gobiernos desde que se independizó de España en 1825, y cada uno ha administrado la explotación económica y la miseria. Es debido a lo débil de la burguesía boliviana que un presidente puede ser derrocado principalmente por actividades tan simples como bloqueo de las rutas principales. En el contexto de un enorme atraso, la inestabilidad de Bolivia recuerda lo que Trotsky, refiriéndose a la ebullición social crónica en España, llamó “convulsiones crónicas en las cuales halla su expresión la enfermedad inveterada de una nación que se ha quedado atrás” (“La Revolución en España”, 24 de enero de 1931).
Confinados a las fronteras de Bolivia y con el proletariado ausente como fuerza organizada, los levantamientos sociales que se derivan de la inestabilidad del país sólo pueden terminar en alguna variante de gobierno capitalista. Lo que es crucialmente necesario es la construcción de un partido obrero revolucionario que pueda unir las luchas de las masas empobrecidas de Bolivia —particularmente las de los proletarios existentes— con la poderosa clase obrera que existe en otros países de América Latina, EE.UU. y otros lugares. Tal partido tiene que ser establecido en América Latina en oposición tajante a los nacionalistas burgueses y políticos reformistas de todo tipo.
También tiene que ser construido en oposición al chovinismo nacional que ha caracterizado por mucho tiempo incluso a la política “izquierdista” boliviana. El POR de Guillermo Lora concentró en gran medida su oposición a la dictadura de Hugo Banzer en los años 70 acusándolo de que había vendido la “madre patria” a Chile y Perú. El POR también acusaba a Banzer de traicionar la “gran tarea nacional” de recuperar el acceso al océano —un llamado implícito para la guerra con el afán de revertir la derrota de Bolivia frente a Chile a finales del siglo XIX—. La última vez que la encerrada Bolivia intento conquistar un “camino al mar”, la intentona culminó en la sangrienta Guerra del Chaco de 1932-35, en la que Bolivia enfrentó a Paraguay por la región potencialmente rica en petróleo de El Chaco y el acceso al Río Paraguay como ruta al Océano Atlántico. Con la Standard Oil en apoyo de Bolivia y la Shell Oil del lado de Paraguay, la guerra terminó en una derrota para Bolivia e intensificó el nacionalismo boliviano. Cuán enraizado está este sentimiento nacionalista se demostró en las recientes protestas de la “guerra del gas”, cuando las denuncias chovinistas contra Chile por “robar” el gas natural de Bolivia fueron rampantes.
La tarea de arrancar a Sud y Centroamérica del atraso y la subyugación al imperialismo recae en el proletariado de la misma región. Como Trotsky subrayó en el “Manifiesto de la Cuarta Internacional sobre la guerra imperialista y la revolución proletaria mundial” (mayo de 1940):
“La consigna que presidirá la lucha contra la violencia y las intrigas del imperialismo mundial y contra la sangrienta explotación de las camarillas compradoras nativas será, por lo tanto: Por los estados unidos soviéticos de Sud y Centro América…
“Sólo bajo su propia dirección revolucionaria el proletariado de las colonias y las semicolonias podrá lograr la colaboración firme del proletariado de los centros metropolitanos y de la clase obrera mundial. Sólo esta colaboración podrá llevar a los pueblos oprimidos a su emancipación final y completa con el derrocamiento del imperialismo en todo el mundo.”
http://www.icl-fi.org/espanol/leaflets/bolivia.html
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2015.03.27 17:31 josema3 EL DARWINISMO ¿ UN SINIESTRO TIMO ?

Otra de las doctrinas a la que sería necesario desarticular para ensanchar nuestra mente, sin lugar a dudas, es la del Darwinismo.
No solamente el llamado Darwinismo Social sino el Darwinismo en sí mismo. Enmascarado con una apariencia científica, el Darwinismo no es mas que pura ideología que se engarzada con otras nocivas formulaciones como las de Adam Smith o Malthus.
Esta teoría nace en un contexto cultural muy concreto: El siglo XIX de la Revolución Industrial y de la expansión colonial británica que condicionó muchísimo la visión de la vida que tenía esta supuesta teoría científica. Lo cual es importante no perder de vista.
En primer lugar, es necesario que entendamos que si como se sostiene, la evolución se produjera mediante cambios graduales diminutos como decía Darwin y como dicen los darwinistas, en el registro fósil se hubieran encontrado muchísimos mas ejemplares intermedios que ejemplares finales. Es una cuestión de pura lógica. Pero como todo el mundo sabe, lo que se hallan son cambios bruscos de organización inexplicables para el Darwinismo.
Jean Baptiste Lamark que fue profesor de la Sorbona, escribió una teoría evolutiva mucho más coherente: Hablaba de que los organismos reaccionan al ambiente y que la manera en la que lo hacen es la siguiente: los genes y las proteínas responden al medio ambiente a través de algo llamado estrés genomico. Es decir, remodelaciones y cambios que producen grandes transformaciones genéticas.
En cambio, la base teórica del Darwinismo nunca estuvo claramente formulada. Cuando el propio Darwin intenta resumir su visión de la vida hace un auténtico batiburrillo de ideas, en el cual, habla del uso y el desuso, las condiciones del ambiente, la selección natural, la competencia etc. Todo junto, todo revuelto. Lo que da a entender que, más bien, no tenía una idea muy clara del asunto.
Lo que ha tenido lugar es una depuración de sus ideas para llegar al concepto que interesaba realmente, que es el de "la selección natural". De una manera totalmente errónea y al contrario de lo que se suele pensar, Darwin basaba esto en la observación de los animales domésticos cuando en la naturaleza suele ocurrir todo lo contrario de lo que sucede con los animales domésticos.
Después de profundizar en los orígenes del Darwinismo, en las condiciones históricas que rodearon, el éxito del libro cuyo significativo título era "El Origen de las Especies por Medio de la Selección Natutal o el Mantenimiento de las Razas Favorecidas en la Lucha por la Existencia", nos damos cuenta de cual fue la verdadera la razón del éxito que tuvo esta teoría entre las clases acomodadas victorianas y de todo el mundo, entre las que se encontraban los científicos habitualmente.
Es habitual que los más fervientes seguidores de Darwin jamás le hayan leído. Se basan en libros de origen anglosajón, los cuales, relatan su propia historia.
Cuando uno intenta comprender la gran admiración que despierta este personaje, al que se le presenta como el "descubridor de la verdad" y se pasa a leer al propio Darwin y no a otras fuentes basadas en él, se descubre lo que era realmente: un naturalista aficionado.
Darwin no era profesionalmente científico, era graduado en teología. Tampoco se caracteriza por una especial brillantez en sus exposiciones, más bien, todo lo contrario.
En su autobiografía el mismo lo reconoce: Dice que no tiene titulación científica y tampoco una gran capacidad de comprensión e ingenio como demuestra otra gente inteligente como Huxley, que era su "protector".
También dice textualmente en su autobiografía: "con las cualidades tan mediocres como las que poseo, es verdaderamente sorprendente que mis aportaciones hayan sido recogidas por los científicos". Es significativo el detalle de que habla de los científicos como algo ajeno a él.
El famoso viaje a las Galápagos tiene su propia intra-historia:
El naturalista jefe en aquella expedición se llamaba Mc Cormic, el cual, pertenecía al ámbito universitario. Darwin fue como "señorito de compañía" del capitán del barco. Esto se explica porque en la marina británica eran muy estrictos con ciertos protocolos y el capitán solamente podía compartir su mesa con personas de su mismo estatus social.
Darwin fue avisado por un reverendo protestante, quien fue su mentor en Cambidge en la época que estudió su licenciatura en teología, y le explicó que el capitán del Beagle (el barco) necesitaba a un caballero para compartir su mesa en el viaje.
Darwin se embarcó en aquella expedición, donde trabajó como sacerdote o mejor dicho, como pastor. Pero por ser un aficionado a la naturaleza, como lo eran muchos británicos de clase acomodada de la época, se preparó partiendo con un mayordomo, con una abundante cantidad de dinero y con cuentas abiertas en todos los lugares donde atracó el barco.
Lo que hacía era contratar a nativos para que le hicieran recolecciones. Una vez hecho eso, por ejemplo, los famosos gorriones de las Galápagos fueron estudiados a la vuelta del viaje del Beagle por el ornitólogo del Museo Británico.
Este último, para estudiarlos se vio obligado a hacer un arduo trabajo de clasificación, etiquetado y de comparación con otras colecciones de mayor calidad dado que tal y como los traía y los presentó Darwin no servían absolutamente para nada.
Cuando se empieza a profundizar en la historia, uno toma conciencia de que nos han contado un cuento chino. Por ejemplo, la falsa idea de que el libro de Darwin provocó un gran escándalo en la sociedad vitoriana, cuando esto solo se produjo entre sectores muy marginales relacionados con la Iglesia Católica.
En cambio, fue apoyadísimo por Huxley y por otros tantos psicópatas que habían fundado una institución llamada el X Club. El X Club lo formaban una serie de científicos muy poderosos con el único objeto de promover el Darwinismo.
Se basaban en ideas eugenistas. Tenían muy claro que ellos eran la culminación de la evolución y que los pobres estaban en un escalafón mas bajo y aún mas abajo se encontraban, por supuesto, las demás razas, a las que consideraban inferiores.
El Darwinismo es el "apéndice científico" de las obras de Adam Smith y de Malthus. Malthus decía que el aumento de la población en progresión geométrica mientras que el aumento de la producción de alimentos en progresión aritmética conduciría a una lucha por la existencia.
Malhus decía cosas tan "maravillosas" como que si los pobres no tienen nada con lo que mantenerse no tienen derecho a la menor ración de alimento, que en este banquete no les hemos puesto cubierto y demás perlas de ese estilo. Es decir, que la naturaleza determina que aquellos que no tengan posibles que se mueran. Algo realmente espantoso.
Y Darwin en su autobiografía, explica que leyendo el libro de Malthus fue cuando encontró una teoría sobre la que trabajar: la idea de la lucha por la vida viene de Malthus. De hecho, dice abiertamente que el libro "El Origen de las Especies" se basa en la teoría de Malthus aplicada a los reinos animal y vegetal.
También, la teoría darwinista es una continuación de las ideas de la Teoría del Libre Mercado del famoso judío Adam Smith, que dicen que del bien individual parte el bien general y todo ese tipo de cuestiones.
En último término, se trata de una justificación del status quo: los que ocupan el poder son los más aptos. La vida es competencia y los más aptos serán los que obtengan el poder. Al final no deja de ser una visión más de la vida.
El Darwinismo, hoy en día, se ha convertido en un dogma cuasi-religioso y si no te adhieres a el serás, sin duda, un apestado.
En época de vida de Darwin estaba teniendo lugar una especie de revolución burguesa en Gran Bretaña, consecuencia de la Revolución Industrial que había generado unas élites emergentes que iban a ser las que adquirieran un poder cada vez mayor. Inglaterra hasta entonces siempre estuvo en manos de la nobleza y de los terratenientes. Y la iglesia siempre había justificado el orden social tradicional.
La ocurrencia de Darwin de que la evolución se producía al azar, según Huxley declinaba la necesidad de Dios. Puesto que la vida se regía por la arbitrariedad y por el azar.
Esto fue utilizado para luchar contra las ideas religiosas. Huxley afirmó que la evolución había eliminado las antiguas creencias de una creación especial y las había sustituido por la FE más pura de la evolución. Como dejaron claro, se trataba de la sustitución de una fe por otra.
Por su condición de teólogo y pastor protestante, Darwin hizo varias ediciones del libro "El Origen de las Especies", que en función del lector al que iría dirigido, en unas se decía que la evolución fue infundida por el creador y en otras se afirmaba que no fue así. Algo bastante irrisorio además de patético.
Han convertido al Darwinismo en el sustituto de la religión que lo explica todo. Y como parece evidente, el Darwinismo no explica todo sino, más bien, poco.
Resulta repulsivo ver como gente que se etiquetan así misma como progresistas, pongan el grito en el cielo cuando alguien cuestiona esta ideología que no teoría científica, como antes se ha dicho.
Lo irónico es que el Darwinismo al ser una ideología que goza del favor del la ciencia mas ortodoxa, nuevamente nos han forzado a ingerir ideas profundamente dañinas para la inmensa mayoría de la población.
Y para colmo la izquierda defiende, no sin cierto grado de fanatismo, todo este despropósito que supone la Teoría de la Evolución de Darwin. Uno no sabe bien si compadecerles o encararse hacia ellos.
El Darwinismo se basa en un concepto con un gran componente ideológico que es el del "determinismo genético": Para que exista la selección natural han de existir características específicas y permanentes que estén grabadas en nuestros genes. Porque de lo contrario no habría nada que seleccionar.
Lo anterior tiene unas implicaciones muy importantes para la justificación de las jerarquías sociales. Es decir, si la vida es competencia y los mas aptos son los que triunfan, los que ostentan es poder lo son porque "la vida es así".
Hoy en día el determinismo genético ha quedado completamente desfasado con descubrimientos como los de la epigenética. Sin embargo, las ideas dawinistas continúan estando en plena actualidad dado que como no me cansaré de repetir, el Darwinismo no es mas que una ideología que poco tiene que ver con evidencias científicas de ninguna clase.
Donde mas se retrató Darwin fue con la publicación del libro "El Origen del Hombre". Citaré un párrafo de este libro:
Llegará un día, por cierto, no muy distante, que de aquí a allá se cuenten por miles los años en que las razas humanas civilizadas habrán exterminado y reemplazado a todas las salvajes por el mundo esparcidas (...) y entonces la laguna será aún mas considerable , porque no existirán eslabones intermedios entre la raza humana que prepondera en civilización, a saber: la raza caucásica y una especie de mono inferior , por ejemplo, el papión; en tanto que en la actualidad la laguna solo existe entre el negro y el gorila.
¿Os ha gustado el parrafito a los izquierdistas? También os gustará saber que Hitler copio párrafos enteros de "El Origen del Hombre" para escribir el "Mein Kampf". ¡Bravo! acabáis de descubrir que os han tomado el pelo.
También os gusta repetir que Spencer se inspiró en Darwin cuando esto fue justo al contrario. Precisamente, este fue el gol que os metieron para hicierais esa absurda distinción entre "Darwinismo Social" y Darwinismo a secas.
Como hemos dicho, el Darwinismo tiene una enorme relación con la eugenesia ideada por Francis Galton. Es muy importante recordar que el primer presidente de la Sociedad Eugenésica fue el hijo de Darwin, Horace Darwin.
La eugenesia se basa en la idea de que sería necesario esterilizar a una parte muy importante de la población mundial para así asegurar la supervivencia de los más aptos. Su lógica reside en que un criador de ganado jamás permitiría que se reprodujeran los ejemplares de menor calidad. Horace Darwin fue el primero que introdujo la prohibición de reproducirse a los humanos imperfectos.
Este tipo de planteamientos fueron los que se trataron de aplicar en la Alemania de los años 30 y 40, como todos conocemos. Sin embargo, el origen y la tradición de este tipo de ideologías es fundamentalmente anglosajón.
En Estados Unidos se promulgaron leyes eugenistas a principios del siglo XX, gracias a las cuales, se esterilizaron a cientos de miles de personas, principalmente de raza negra.
Y se puede decir que las prácticas eugenesicas no han desaparecido, ni mucho menos, y ni por supuesto, la ideología que las sustentan. Aunque, desde luego, se intenta que este tipo de cuestiones no transciendan demasiado a la opinión pública.
Por ejemplo, es conocido que se ha estado esterilizando a mujeres indígenas en México a través de una vacuna para el tétanos que contenía agentes químicos que impedían su fertilidad. Y este último, tan solo es un simple ejemplo.
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